Monday, January 23, 2012

LAS CORRECCIONES


(O el realismo trágico de Jonathan Franzen)

En uno de sus regresos de Washington el poeta nicaragüense Carlos Castro Jo me trajo de regalo “Las correcciones” (2001), segunda novela del estadounidense Jonathan Franzen (1959), publicada en castellano por Seix Barral en el año 2002, con traducción de Ramón Buenaventura. Ahora que ha pasado ya algún tiempo, vuelvo a sus páginas y me doy cuenta de que, con sobrada razón, no tardé mucho en sentirme agradecido.

Fue en el año 2007, cuando vivía en la plácida y polvorienta villa de Motastepe, al oeste de Managua. Recuerdo que disfruté leyendo el libro en un pequeño balcón, bajo el viento fresco que corre por la meseta y arrastra el eco de los autos en la carretera nueva a León, con ciertos murmullos lejanos que, sin lograr sustraerme de aquella lectura febril, parecían llegar desde la gruta Xavier con la artera intención de perturbarme.

Una vez absorbido por la lectura de los primeros capítulos, lo primero que me sorprendió, al volver con repentina curiosidad a la primera solapa, fue la relativa juventud del autor, y no porque bajo su foto se dijera que con “Las correcciones” ganó el National Book Award en Estados Unidos, o porque la misma fuese considerada por la crítica una de las novelas americanas más impresionantes de los últimos años; sino porque, ya con bastantes páginas leídas, estaba perfectamente claro de que tenía en mis manos una gran novela, es decir, una novela “seria”, hecha para perdurar, y sobre todo: inmejorablemente escrita.

Al finalizar los siete capítulos y las 734 páginas del libro, y recordando mis limitadas lecturas de Wolfe, Doctorow y Auster, no tuve dudas en aventurarme a asegurar que acababa de leer una de las más inteligentes y humanamente conmovedoras novelas norteamericanas de los últimos años: el tragicómico fresco de una familia de clase media, que es a su vez el fresco prototípico de la sociedad estadounidense finisecular, representada en casi todas sus diferentes áreas de realidad.

Pero, una novela inteligente y “postmoderna” –pensé entonces- no puede ser (según lo que algunos me han dicho) tan clara y sencillamente digerible; aun cuando sea tan voluminosa y aparentemente densa... A menos que sea, como en efecto lo es, parte de la inmensa saga de novelas realistas que en el mundo han sido, pero al mismo tiempo escrita y construida con la perspectiva, el talento y la inteligencia de un autor obcecadamente contemporáneo, aunque profundamente deudor de la gran tradición narrativa de su país. En fin, otro narrador realista, pero lo suficientemente lúdico, diestro y versátil como para ser considerado “postmoderno” por los críticos ciber-visionarios que hoy día abundan hasta en nuestro exasperante Tercer Mundo.

La novela está narrada, en todos sus capítulos (“St. Jude”, “El fracaso”, “Cuanto más lo pensaba, más se enfadaba”; “En el mar”, “El generador”, “Unas últimas navidades” y “Las correcciones”) por una voz omnisciente que no deja de hacer guiños, insertar ironías, asumir tonos de sorna y sonreír al lector con mordacidad mientras describe el derrumbe de una familia gringa “normal”, que finalmente, como todo en esta época de incesantes correcciones, se las arregla para seguir funcionando, aun sobre las ruinas humeantes de su propia “normalidad”.

Es, sin duda, una voz omnisciente ambigua, cuyo tono recuerda –a quien ha leído los ensayos de Franzen- la propia voz del autor, y que particularmente en el cuarto capítulo (“En el mar”) se vuelve más entrometida, introduce más comentarios punzantes y corrosivos en la descripción que nos lleva –a bordo del crucero Gunnar Myrdal- al clímax de la decrepitud: el deterioro físico y mental de Alfred, patriarca de la familia Lambert, en medio de la angustia moral de Enid, su mujer, paralizada ante el dilema de saldar su deuda con la vida mediante la sumisión, o seguirlo haciendo pero bajo los gratificantes efectos del Aslan y las recetas anti-depresivas del joven doctor Hibbard.

Y es precisamente la voz narrativa escogida por Franzen para narrar esta monumental novela, lo que nos hace remitirlo a la vieja y aparentemente inacabable tradición realista de la literatura (aunque también sea al mismo tiempo una novela “vanguardista”, “postmoderna” o agudamente contemporánea). Como el narrador misterioso, entrometido y ambiguo del Quijote, o el narrador ostentoso, autoritario y aleccionante de “Los Miserables”, la voz omnisciente de “Las correcciones” trata de hacernos comprender, a través de la experiencia privada y la conducta personal de los miembros de una familia, el contexto público en el que sobreviven como individuos.

Pero esa voz narrativa que con sus guiños y comentarios nos muestra la patética comicidad con que reaccionan las conductas humanas frente a la historia, es decir, frente a la tiranía de los contextos sociales y sus extenuantes complejidades; en “Las correcciones” se nos descubre finalmente como el inclemente relator de una realidad trágica. Y subrayo la palabra porque, según el mismo Franzen, es la que mejor describe la visión que todo buen novelista tiene del mundo.

“Por trágico entiendo sólo cualquier tipo de narrativa que suscite más preguntas que respuestas... El realismo trágico preserva el convencimiento de que siempre se mejora gracias a un esfuerzo; de que nada dura para siempre; de que si lo malo del mundo supera a lo bueno, es por un ligerísimo margen”, afirma Franzen en su famoso artículo “¿Para qué molestarse?”, más bien conocido como “El ensayo del Harper´s” (“Cómo estar solo” –Seix Barral, 2003; traducción al castellano de Jaime Zulaika).

Y hablando de realismo: recuerdo cuando, en el año 2004, durante una visita de Mario Vargas Llosa a Nicaragua, logré hacerle una entrevista, y casi al final de nuestro diálogo le dije que me resultaba curioso notar que la mayoría de sus novelas –si no todas- constituyen revisiones críticas de la realidad y la historia. “Hombre –me respondió-, es que yo me formé así, mi vocación nació dentro de esa idea de la literatura”. Luego me comentó que ahora hay escritores nuevos para quienes la literatura es sobre todo un juego, un ejercicio brillante, y no creen en la responsabilidad histórica del escritor. “Algunos también hacen una literatura light –me dijo-, que está más de moda”.

Entonces le recordé que él había confesado abiertamente sus variaciones de opinión respecto a la relación Literatura-Política o Historia-Literatura. “Lo que usted opinaba a finales de los cincuenta, por ejemplo, no es lo mismo que piensa ahora –le dije-, cuando dice creer que la literatura no puede ser utilizada como un elemento político”.

El novelista respondió con tranquilidad que sí, que muy joven estuvo influido por ese sentimiento, “entonces muy generalizado”, de que a través de la literatura se podía influir en los cambios históricos y sociales. Dijo que en eso había algo de ingenuidad, “un cierto romanticismo”, pero ahora más bien creía que esa influencia “no es tan inmediata, no puede ser tan planificada, y es muchas veces imprevisible y muy sutil”. Pero de lo que sí estaba plenamente convencido era de que “la buena literatura siempre desarrolla un espíritu crítico”.

Es precisamente lo que sucede con la narrativa de Franzen, para quien recobrar una perspectiva trágica a través de la novela supone el doble y perseverante esfuerzo de lograr conectarse con una comunidad de lectores cada vez más reducida -o, según dicen algunos, demasiado selecta-, pero al mismo tiempo mostrar ante el “gran público” la profundidad de ciertos temas recurrentes de la literatura. Y de cierta forma eso también supone recuperar el verdadero sentido de la historia.

Monday, October 31, 2011

“Vicisitudes de un paisaje”, nuevo libro de JUAN CARLOS VÍLCHEZ


Siempre he sostenido que la obra de Juan Carlos Vílchez (Estelí, Nicaragua, 1952) es una de las que mejor sintetiza el empeño de nuestra nueva poesía por pisar con destreza las zonas limítrofes del conocimiento, la imaginación, la intuición, la sonoridad literal y el lenguaje.

Oscuridad y claridad, aceptación y transgresión, certidumbre e incertidumbre. La estrategia poética de Vílchez propone cierta densidad, implica una visible intención de literarizar y textualizar; propone una particular formulación de lo oscuro aun a través de la lógica sintáctica y la claridad de las frases.

Desde los primeros poemas suyos que leí hace más de una década, me pareció evidente una articulación meticulosa y profusa de enunciados oscuros, es decir: que en apariencia escapan al entendimiento racional. Vílchez juega con las diversas facetas del signo, de la retórica común, de la forma tradicional de lectura.

Aunque en su ejercicio escritural no llega a alterar la estructura lingüística y más bien se empeña en redondear bien cada pieza poética, Vílchez recurre con frecuencia a la fantasía para formular alusiones comúnmente informulables, para concretar verbalmente lo impensable, o para hacer armonizar lo incompatible, lo inconexo; para estructurar con palabras lo inexplicable, lo indiscernible.

Su poesía explota con mucha originalidad las posibilidades lúdicas del proceso creador, sin llegar a desacralizarlo totalmente. Vílchez usa el lenguaje como material de base para moldear su imaginación, y viceversa, aunque alrededor de este proceso de interacción flota constantemente una noción conceptual o interpretativa determinada, que busca en el lenguaje y en la improvisación el molde adecuado para enunciar su uni-valencia, que paradójicamente es producto de un proceso de mezcla o mixtura de nociones, conceptos y enunciados.

Algunas veces he pensado que, entre los poetas de las más recientes generaciones, quizás sea Vílchez uno de los que con mayor certeza haya intuido o vislumbrado el nuevo corte ético-histórico que empezó a experimentar la poesía nicaragüense en las últimas décadas del siglo veinte.

Personalmente tiendo a inscribir su obra dentro de un grupo minoritario de autores nicaragüenses que durante el siglo veinte y lo que va del veintiuno han desarrollado una especie de contracorriente poética, diferenciada de una tendencia más o menos general en Nicaragua a escribir una poesía más concreta, narrativa o anecdótica.

Desde su primer libro, titulado “Viaje y círculo” (1992), sus poemas revelan una raíz más oscura que la probablemente observable en otros autores nicaragüenses, sin que por eso dejemos de observar que han sido manufacturados con cierta sencillez, cuyo logro, en literatura –y aunque no lo parezca-, por lo general es muy arduo.

Vílchez acaba de publicar “Vicisitudes de un paisaje”, su sexto libro de poesía, que fue presentado el pasado martes en el Instituto Nicaragüense de Cultura Hispánica, con una lectura que fue acompañada musicalmente por la talentosa ejecución de vientos del maestro Abner Alampana.

Aprovechamos para preguntarle a Vílchez si le parece válido o no considerarlo un “poeta oscuro”. Y escuetamente respondió que, para todo aquel escritor que se aparta de las tendencias propias de una época, “ésa es sólo una percepción, un adjetivo”.

-¿Entonces, cómo te inscribirías o calificarías vos mismo en el panorama general de nuestra poesía?

“Aún no me inscribo y no estoy calificado para calificar nada. Los escritores, al igual que cualquier otro oficio, somos producto de una genética, una cultura, una sociedad, un nivel de desarrollo, tanto general como personal”.

-La noción obsesiva de circularidad es claramente visible en absolutamente toda tu obra ¿Concebís el poema como una representación esencial del universo?

“Más bien como la expresión del movimiento incesante e irrepetible del universo que está hecho de nuestra misma naturaleza y sujeto a las mismas leyes...”

Le he confesado a Vílchez que, de la lectura de “Bestias de papel” (1995), su segundo poemario, he llegado a inferir una continuidad de esas obsesiones, pero también algo que particularmente asociado con el título del libro me remite a una especie de pasión filofléxica, algo parecido al origami o la papiroflexia pero practicado al lenguaje poético, a la palabra o al verso... Hablo de divertirse con sus pliegues y despliegues –le dije-, jugar con su flexibilidad...

“Sí, por supuesto –me respondió-. Un gozo recóndito y abigarrado por los vericuetos del lenguaje”.

-Decía el poeta Álvaro Urtecho que a pesar de esa visión circular, comparativa del universo, tu poesía está expresada con un lenguaje transparente, sin retóricas excesivamente metafóricas, sin voluntad de oscurecimiento o irracionalidad... ¿Qué opinás vos?

“Mi poesía no tiene ningún propósito. Ni oscurecer, ni aclarar. En ella no hay voluntad sino expresión y asombro”.

Del tercer poemario de Vílchez, “Versiones del Fénix” (1998), alguien dijo que una de sus metáforas consiste en que, ante la insistencia acerca del fin de la historia y de la inminente desaparición de la geografía, su obra poética propone el resurgimiento del amor desde la carroña.

Sin embargo, a mí me parece más bien la metáfora de un destino humano elementalmente metafísico: si “el lugar de la condena ya está dentro de nosotros”, como dice él mismo en un poema, entonces también lo está el punto de resurrección. Pero Vílchez, siempre escueto, puntualiza:

“Condena y resurrección; siempre tránsito, siempre movimiento de la partícula y totalidad que a la vez somos...”

Me parece también que sus siguientes poemarios, “Zona de perturbaciones” (2002) y “Un lugar llamado donde” (2005), continúan esa indagación de lo micro y de lo macro: átomo y universo, arena y galaxia; cuerpo y pasiones conectados al cosmos. Pero me surge otra pregunta: ¿hay también, en toda su obra poética, una indagación velada, consciente o inconsciente, de la materia social?, ¿lo reconoce el mismo poeta?

“Claro que si –responde Vílchez-, pero no es voluntaria, sino que surge como conflicto, producto de la esencia específica de nuestra naturaleza humana...”

Y su respuesta nos conduce a interrogarnos sobre las formas de su nuevo libro, “Vicisitudes de un paisaje” (2011), que parece recrear un recorrido aéreo, altazoriano, sobre el vasto paisaje universal, pero no desde una perspectiva de descenso, sino de planeación; desde la que también puede entreverse y frecuentemente contemplarse, con cierto detenimiento, el paisaje más procaz del hombre sobre la tierra...

-¿Es este libro, como dice Manuel Martínez, la noción del paisaje humano como un desasosiego permanente?

“Es una interiorización y síntesis de los paisajes humanos que siempre vimos del aire o de lejos, pero que ahora (con el transcurrir de la vida) ya han tomado posesión de nosotros. Y esa posesión toma diversos rostros”.

-¿Dirías que las raíces y revelaciones oscuras de tu poesía son, de cierta manera, una expresión de tu época? ¿O es la visión particular de un intelectual acerca de esa época?

“Obviamente, toda época es consustancial al proceso creativo. Todo poeta es un intermediario involuntario, un médium que dispone de las capacidades que tiene en el presente, no sólo para extraerle su esencia, sino también para hacer al pasado más transparente y al futuro más inteligible”.

Wednesday, August 17, 2011

Un sol sobre Managua, de Erick Aguirre

o las mil y una muertes de una ciudad

Por Nathalie Besse

Poeta nicaragüense reconocido, novelista y crítico nacido en 1961, Erick Aguirre es también periodista desde la adolescencia, hoy director del suplemento cultural de El Nuevo Diario, y miembro de la Academia Nicaragüense de la Lengua desde noviembre de 2009; es una figura respetada del mundo de las letras y de la cultura nicaragüenses.
En Un sol sobre Managua, dos jóvenes periodistas del diario La Noticia, Joaquín Medina y Carlos Vargas, evocan con otros personajes la Managua del pasado, la que existía antes de los terremotos devastadores de 1931 y 1972, la que resistió a la dictadura de Somoza que ordenó la masacre de la avenida Roosevelt en 1967 y el asesinato de Pedro Joaquín Chamorro en 1978, la que creyó y dejó de creer en la revolución sandinista. Asimismo, discuten sobre poetas, ideas e ideologías, reflexionando acerca de la cultura nacional.

La imagen de Managua que se desprende de todas esas conversaciones es la de una ciudad destruida demasiadas veces, desintegrada geográfica e identitariamente, una ciudad por lo demás desencantada por convulsiones que no sólo fueron telúricas sino también políticas, una ciudad que parece haber sufrido mil y una muertes y de la que uno puede preguntarse si sigue viva. En esa novela memorial, que bien podría titularse «Hacia la ciudad recobrada», Erick Aguirre sale en busca de Managua, del managua, de su identidad perdida, procurando reconstruir, por encima de las ruinas, un espacio de vida.

1- Entre terremotos y caos: una ciudad desintegrada

Un sol sobre Managua describe una ciudad que parece ya no existir, una ciudad destruida y vuelta a destruir, como si la geografía y la Historia se hubiesen encarnizado en Managua. Una geografía inhóspita, de «crueles y sórdidos paisajes» (31), la rodea y la constituye, sea ese «lago fecal» (255), que asocia un elemento tan purificador y fértil como el agua con lo sucio y malsano; sea el altivo y grandioso volcán Momotombo, « protagonista y testigo de seculares desgracias, de éxodos y cataclismos…» (31), lo cual hace eco a la frase «se repiten infinitamente las guerras, los terremotos, las erupciones volcánicas» (18), como si la muerte y la desgracia en Managua fuesen ley de Historia.

Es mediante la memoria de don Evenor Salinas, abuelo de Vargas —siendo este último una suerte de alter ego de Erick Aguirre— que tenemos informaciones acerca del terremoto de 1931 que arrasó la ciudad. Mientras ésta estaba muriéndose, los marines norteamericanos, que la “remataban” encendiendo el fuego, gritaban como si se tratase de una victoria: «“¡Managua finish, Managua finish!”» (55), es decir Managua muerta. De hecho, es la imagen de la putrefacción la que define la Managua posterremoto de 1931: «El cadáver de una ciudad que se descompone junto a su fosa abierta» (255). En 1972, se impondrá otra metáfora mortífera: la de las tinieblas.

23 de diciembre de 1972: otro sismo devastador hunde a Managua en la oscuridad. Valiéndose de la intertextualidad, Un sol sobre Managua se inspira en la obra de Pedro Joaquín Chamorro, Richter 7, para recordar lo que pareció ser la última noche de la ciudad, «una historia de horror» (63):

Después de una monstruosa convulsión de treinta segundos, Managua dejó de existir temporalmente. Las horas y los días que siguieron a esa agonía brutal, la misma defunción de la ciudad […] había desaparecido del mapa con tan espantosa celeridad. […] la destrucción, el incendio, el pillaje, el éxodo y la muerte de Managua (63).

Llama la atención el número de términos —el subrayado es nuestro— que anuncian la muerte definitiva de Managua. Asimismo, la narración nos ofrece una paronomasia elocuente: «El terremoto fue el te remato» (256); sin olvidar: «La frase “se acabó Managua”, empezó a decirse con profunda emoción […] y un espantoso sentimiento de que ya no había nada que hacer…» se apoderó de los supervivientes (71) precisamente sumidos en la nada —«en segundos, todo se había convertido en nada» (68), o bien «ya no quedaba nada… nada. Solo desolación y muerte…» (74)—. Los managuas se encontraron de nuevo sin puntos de referencia, «desorientados» (57), postrados por el trauma después de aquella catástrofe también asimilada a un náufrago a juzgar por el título del capítulo «La ciudad a pique» (59), una ciudad que se ha hundido, que sólo es “restos” como sólo era en 1931 «escombros» o «ruinas».

La nada en la que el terremoto sumerge a la ciudad convoca la imagen del caos, de las tinieblas, es decir del mismo «infierno» (70), espacio del Mal por antonomasia: «la experiencia más angustiosa que un ser humano puede experimentar. La ruina, el fuego, las tinieblas, la sed, el hambre, el saqueo y el caos habían puesto sitio a la ciudad» (67). La enumeración amplifica la visión de horror a la que se suman colores significativos: «el sol se puso negro […] y la luna se volvió toda como de sangre» (64). Extinguida la vida, se ha ido la luz y parece que ya no hay sol sobre Managua, sólo el astro de la noche teñido de dolor, que ha perdido la blancura de la inocencia y tampoco puede alumbrar a la ciudad.

La frecuencia y la intensidad de los cataclismos que azotan a Managua superan cualquier racionalidad científica, sólo pueden depender de otras fuerzas, superiores, insondables, que enlazan la Historia incomprensible con el mito: ante esas tragedias cíclicas que suenan a condena, ante lo que parece ser un maldito sino, los managuas víctimas del infierno piensan en un castigo divino con términos como «ensayo de Juicio Final» o «Apocalipsis» (64-65) cuando el terremoto de 1972. «La ciudad tantas veces castigada y condenada a vivir en escombros…» (51) es por lo tanto una ciudad desmoronada, derribada, con gente “abatida”, que sobrevive entre las ruinas. En esa ciudad que se ha convertido en un gran cementerio, hasta los vivos «quedaron sepultados», están en parte muertos (16).

Los seísmos no sólo desintegraron el espacio de la ciudad —sus referencias geográficas, urbanas, arquitectónicas, históricas y de algún modo morales (46)— sino también su “alma”, la relación que los managuas tenían con ella, el sentido que ella tenía para ellos, dificultando así la adquisición de una identidad: bien se sabe cuán necesarios son los puntos de referencia, a nivel sicológico, para crecer y construirse; ahora bien, los managuas se hallaron de la noche a la mañana sin marco, extraviados, como huérfanos.

Aunque los managuas que sobrevivieron murieron un poco por dentro, se suele decir que el pueblo es inmortal, y se emprende la “reconstrucción” (94-95): pese a la muerte interior, el “espíritu del lugar” va a insuflarle a la comunidad todavía aturdida el soplo de vida, por más tenue que sea, que ésa necesita para seguir avanzando. Sin embargo, Pedro Joaquín Chamorro se interroga en Richter 7 «sobre la identidad de una ciudad construida “para mientras”, supuestamente transitoria» (156). De hecho, Managua conservará ese aspecto de ciudad «impermanente, fugaz» (156), como si fuese efímera, algo fantasmal, sin identidad perceptible —«ciudad fantasma que nunca muestra su rostro» —y que además de no tener semblante está «sin centro, descentrada» (256), es decir desprovista del punto vital, esencial, si no sagrado (según todas las mitologías), como un ser que no tendría corazón—.

Es como si no hubiese habido una verdadera reconstrucción y hubiese vencido la fragilidad, o como si una parte de la ciudad hubiese muerto definitivamente y la otra permaneciese en una convalescencia sin fin. La novela, que intenta comprender las raíces del problema, insiste en este aspecto: desde el segundo terremoto, «Managua vino creciendo “a la buena de Dios”, es decir, desparramada irregularmente alrededor de lo que fue su centro […] dando como resultado un verdadero infierno poblacional» (238). La ausencia de control y de estructura, da forma a una ciudad precisamente informe, descontrolada, desestructurada, que sigue siendo un caos después del terremoto.

No sin razón abundan en el texto los términos con el prefijo «des-», entre otros numerosos casos de “negatividad”, para traducir la destrucción, la desorientación, el descentramiento, la despersonificación, el desmembramiento —y como veremos más tarde el desconcierto, el desencanto—, a título de ejemplo: «Estamos integralmente descoyuntados» (47); esa imagen de dislocación no sorprende en una ciudad «fragmentada», y finalmente múltiple: «no hay una sola Managua, sino muchas…» (47). Esa ciudad desintegrada presenta un aspecto “estallado”, parece no tener la menor unidad; el “remiendo” (más que la reconstrucción) no ha logrado borrar las consecuencias del desmoronamiento: «la nueva y caótica urbanidad de Managua, en otra aborrecible, aberrante “época posterremoto”» (58). Tan infernal y absurda como después del sismo, Managua resulta ser una ciudad «fea» e «improvisada», no sólo desfigurada sino también privada de fundamentos y de sentido.

Ya antes del terremoto de 1972, esta Managua personificada había crecido de manera desordenada, desequilibrada: «Managua era una adolescente a la que los años forzaban a desarrollar, pero que crecía con el raquitismo crónico que engendran las privaciones y las enfermedades. Por el centro su abdomen era abultado. […] Pero sus extremidades cada vez más largas delataban su verdad» (65). A semejanza de los niños pobres y desnutridos del Tercer Mundo cuyo cuerpo revela las carencias, el cuerpo enfermo y deforme de Managua da a ver cierta miseria. Sabemos que la economía configura en parte la ciudad, y la autopsia de Managua con ese cuerpo monstruoso por su “disarmonía”, traiciona también, más allá de los cataclismos naturales, un disfuncionamiento social y económico.

Lejos del ideal de Campanella, o de otros utopistas, para quienes la utopía era una ciudad, Un sol sobre Managua no es La ciudad del sol. Para parodiar una frase famosa, Managua se halla tan lejos de Dios y tan cerca de los volcanes. Y de los Estados Unidos… Ya hemos evocado la presencia norteamericana con el terremoto de 1931; vuelve a aparecer en filigrana con la figura sobresaliente del dictador Somoza cuyo padre fue puesto al mando de la Guardia Nacional por el gigante del norte que siempre apoyó a la dinastía, abriendo así un capítulo de la Historia nicaragüense con otras “sacudidas”.

2- Una ciudad frente a la barbarie y la desolación del amanecer

Esa ciudad desolada por dos terremotos, fue también la capital de la dinastía Somoza —una «estirpe sangrienta», si se cree a Pedro Joaquín Chamorro—, otro desastre para el país, otro infierno también, el de la barbarie que sembró tanta oscuridad como las catástrofes precedentes. En la novela, se denuncian principalmente dos crímenes: por una parte, la masacre de la avenida Roosevelt el 22 de enero de 1967, descrita como una trampa —«encerrona de San Fermín» o «largo corredor de muerte» (262)— y con un término que revela el salvajismo de tal acto: «carnicería» (264); por otra parte el asesinato, el 10 de enero de 1978, del director de La Prensa y líder de la Unión Democrática de Liberación (UDL): el muy carismático Pedro Joaquín Chamorro.

En la aseveración «El asesinato ha conmocionado a la ciudadanía en general» (175), el verbo «conmocionar» que se suele usar cuando la gente está en estado de choque después de un cataclismo, relaciona al tirano con una catástrofe. Vienen a continuación términos bíblicos que sacralizan a Pedro Joaquín Chamorro y que, asimilándolo al héroe de los grandes mitos, defensor del Bien, convierten por consiguiente a Somoza en la Bestia, y su dictadura en el mismo Mal: «Su sangre salpica a toda Nicaragua» (177), «sangre redentora», de un «mártir», «héroe» (178).

Ese crimen desencadenó reacciones entre la población nicaragüense que se alió contra el tirano-asesino: cuando leemos que «Desde entonces el país nunca volvió a ser el mismo» (178), ya no se trata de una muerte “por dentro” como después de los terremotos sino al contrario de pulsiones de vida para iniciar o apoyar la lucha, aquélla que desembocó en la huida de Somoza y la entrada victoriosa de los muchachos en Managua el 19 de julio de 1979, fecha histórica del triunfo de la revolución sandinista.

Sin embargo, en la novela la revolución está asociada a su vez, como los terremotos o la dictadura, a la desolación, es decir a una forma de muerte, con el título del capítulo IV «Desolación del amanecer» (139), un amanecer que no canta sino que desencanta a la población, cansada de tantos muertos. En efecto, la revolución fue también por un lado las bombas y los incendios de la insurrección y «eso acabó por deteriorar la fisonomía urbana de Managua» (238); por otro lado la guerra con los contras y la nulidad de las cosechas provocaron «una multitudinaria y vertiginosa migración campesina hacia Managua» (238): entre 1989 y 1991 se levantaron más de 100 asientos irregulares, es decir que la integración de esa población sólo fue momentánea y careció de un sustento moral (239).

Aquel sueño que se convirtió en una pesadilla, devorando a sus propios hijos, se inscribe en el prolongamiento de esa Historia de sangre y desgracia que parece ensañarse, más allá de la ciudad, con el país entero. La Historia de Managua se da a leer en esta novela como la de un continuo aniquilamiento, catástrofe tras catástrofe, hecatombe tras hecatombe. Esta ciudad tantas veces en ruinas, como una ciudad muerta, que es una negación de la ciudad, ¿no será la ilustración de una “no-ciudad”?, de un «lugar que no es» o que sólo puede ser distopía, es decir un topos problemático.

De ahí la dificultad para representarse la ciudad, y la búsqueda de los protagonistas: ¿qué representaciones de la ciudad se pueden construir a partir de una cuidad “venida abajo”? ¿Cómo vivir en ella y “vivirla”, cómo integrarse en ella e “integrarla”? No sorprende leer, en tal contexto, que en esa no-ciudad falta de puntos de referencia y de valores, sin columna vertebral a nivel espacial y sin sentido afectivo, el managua no puede ser él mismo, y se vuelve autodestructivo:

el managua de hoy es un ser sin identidad, que anda en busca de algo que le dé a su hábitat una estructura corporal de verdadera ciudad, una estructura sentimental, histórica, filosófica. Pero como no la encuentra se siente frustrado, y descarga su frustración contra sí mismo en forma de bromas negras y chistes crueles (48).

son reflejos atroces de una identidad que apenas atisba, en sus intentos de definición, los rasgos sadomasoquistas y marrulleros de un managua […] lleno de humor inagotable. El managua es el más típico de los nicaragüenses, el que se ríe de su desgracia» (49).

En este país «plagado de injusticias» (25) y de terribles desgracias, el managua recuerda siempre riendo los episodios tristes de su vida (177). Tal autoirrisión aparece como un sistema de protección para distanciarse del dolor, como bien mostró el filósofo Bergson al afirmar que la risa es una anestesia momentánea del corazón. La exageración de los gestos cuando se expresa el managua por definición «muequista» tiene el mismo sentido: «para espantar la tristeza que nos causa el vacío de nuestra existencia» (314). Ante la nada, ante el no-sentido, la hipérbole aparece como un conjuro: el managua se refugia en el exceso de gestos y movimientos, como para llenar el vacío que lo rodea.

La novela, si bien se centra en “circunstancias atenuantes” tales como los caprichos devastadores de la naturaleza o el peso de una Historia injusta, propone una (auto)crítica severa del managua que resulta de aquellos sufrimientos: «Heredamos cruelmente todo un sistema de cosas que nos vuelven casi por completo improductivos, agresivos, hipócritamente solemnes o payasos o yoquepierdistas », con un sentido de la ironía, y una «¿agresiva inocencia o inocente agresividad?» (314). Agresividad e irresponsabilidad ante los propios deberes se destacan de este retrato poco elogioso en el que aflora paradójicamente la empatía del narrador. Quizá porque el managua es ante todo víctima de sí mismo después de haber sido víctima de contextos terribles, independientes de su voluntad.

Ese managua que ha perdido tanto, resulta un perdedor que en vez de buscar fortuna por el mundo, prefiere quedarse en su no-ciudad: es un «perdedor nato […] él prefiere dedicarse a la sórdida y frenética costumbre de vivir aquí, en esta mierda de ciudad que se llama Managua…» (50), porque es su ciudad. Si estar en Managua significa perder, Managua es el lugar de la pérdida y/o de la perdición: en Managua todo se pierde, «como siempre se pierde Managua después de cada terremoto, después de cada aluvión, después de cada guerra…» (240).

Hablar de la ciudad es interrogarse sobre la sociedad que es su alma y de la que es el alma también en un círculo virtuoso que hace que cada una influye en la otra; la evolución de una ciudad refleja la evolución de sus ciudadanos, las diferentes etapas de su conciencia. Se describe la ciudad raras veces sólo en sí misma o por ella misma, es casi siempre algo más: el signo o la materialización del fracaso o del triunfo de una sociedad, de las contradicciones sociales y de la toma de conciencia de sus habitantes.

En Un sol sobre Managua, como en otras muchas novelas, particularmente del periodo post-utópico, el aspecto degradado de la ciudad es una expresión de la crisis social y ética de la sociedad actual: la derelicción “física” de la ciudad delata la derelicción “espiritual” de sus ciudadanos, revelando así un doble caos. Esa voluntad denunciadora tiene que ver a menudo con la nostalgia de otros tiempos, supuestamente mejores, tiempos de antes del desastre, como tales idílicos, cuando no míticos. Como observa Villalobos, la ciudad latinoamericana ya no es un espacio mítico sino un espacio decadente que así cuestiona las diversas posiciones ideológicas —e idealizadas— de tiempos anteriores. Cuando impera una visión negativa, la novela diseña un lugar del desencanto.

3- Ante la muerte de las utopías, una ciudad desencantada

En una ciudad muerta, la muerte se extiende a lo “social”, cultural y político. Ya no hay grandes sueños ni grandes verdades que valgan, ya no hay esperanza ni sentido en nombre de los cuales avanzar hacia el futuro. Los managuas, con la muerte en el alma, son presas del desconcierto, por no hablar de la apatía de la juventud, de un verdadero problema de “identidad política” para toda una generación después de tantos fracasos y tantas defraudaciones.

La mitificación inicial de la revolución, y con ella la deificación de los líderes guerrilleros (242), dejó lugar a la desilusión ante el dogmatismo y la fe ciega de los nuevos dirigentes: «catecismo estalinista» (21) o «“shaolines”, estalinistas de pacotilla» (243) denuncian, no sin ironía, un credo rígido y falaz. Es de observar que no está escrito «marxista», —que remite a una ideología o a ciertos valores, por ejemplo de igualdad, no culpables en sí— sino «estalinista», una referencia directa a Stalin que, a semejanza de Hitler, fue responsable de millones de muertes y cuya actuación en la Historia viene asociada en última instancia con un caso pernicioso de inhumanidad que no dice su nombre. Explícita o implícitamente, la revolución también está relacionada con la muerte, si no con un infierno.

La novela no sólo dirige sus críticas contra derivas estalinistas sino también contra cierta democracia, ésa que instrumentalizan los sandinistas —que a juicio de Carlos usan la democracia como una máscara (294)—; sin olvidar la democracia en sí que puede ser vista como una forma de injusticia, puesto que legitima mediante elecciones la dominación de unos sobre los demás (294). En cuanto a los sandinistas renovadores que siguen a Sergio Ramírez, representan el neoliberalismo según un personaje (269).
Vemos que en un periodo post-utópico, la gente ya no cree en nada, desconfía de todos y de todo. Aquí la desilusión rima con la desolación, la del amanecer, con una proximidad fonética que traduce una sinonimia.

La desilusión de Carlos, que tiene que ver esencialmente con los años 70 y 80 y la ausencia de justicia social, es la visión de un «sobreviviente» —término éste que hace de la revolución un sueño arruinado, muerto—, con una profunda «sensación de derrota» (241). Esta última palabra es fundamental para comprender el estado de ánimo de toda una generación no sólo de managuas sino más ampliamente de nicas: la incertidumbre y la inestabilidad de Carlos reflejan «la inseguridad típica de un nicaragüense nacido en los sesenta y formado intelectualmente en los ochenta» (26), de esos jóvenes que son «la mejor imagen de esa derrota» porque han luchado con convicción por defender la revolución y se quedan de repente sin asideros (244), sin rumbo ni puntos de referencia a los que aferrarse, en los que creer.

La indiferencia, que es una forma de muerte —de no reacción o reactividad ante la vida—, es un fenómeno generalizado en la generación de los protagonistas y en aquella que nació en el transcurso de la guerra, es decir la del 90, cuyas expectativas quedan insatisfechas, y que permanece muy perpleja con respecto al futuro, hasta el punto de poner énfasis en el desarrollo estrictamente personal (247-248). Ese desconcierto y «creciente desprestigio de la política» (292) crea una mentalidad particular: «¡He aquí, señores, la época de los yuppies. Apolíticos, escépticos, pragmáticos, tecnologizados y respetuosos de la religión!» (283). Pero la época engendrada por la ruina de las creencias políticas y la aparente ausencia de remedio a los males sociales es también, de manera más dramática, la del «Alcohol y Desencanto» (281).

La generación de los 25-35 años, que es la de Carlos, son «medio-hombres-medio-adolescentes, con un caos en la cabeza» (291) que remite al caos de la ciudad pero también de la Historia del país: a consecuencia de este contexto letal y fatal se produce una desintegración insidiosa de la mente, tan fragmentada en definitiva como la ciudad varias veces destruida. En Managua, ciudad transitoria, deconstruida, moran seres híbridos que no logran ser o llegar a ser, que permanecen en un “entre-dos”, como interrumpidos en su desarrollo.

Pese a tales desgracias y escollos, Carlos considera, como la mayoría de los que participaron en aquel proyecto grandioso que fue la revolución, que «siempre valdrá la pena haber vivido la experiencia» (241). ¿Fue la revolución un error que había que cometer, una de esas equivocaciones que “aleccionan” a la gente?, empezando por enseñarle a deshacerse de la ingenuidad, a comprender que cada acto tiene sus consecuencias y a aceptar el peso de la realidad. Al respecto, un profesor opina que las guerras han sido instructivas en cierto modo: han mostrado que la paz social es inútil si permanece la injusticia social (291) porque las desigualdades generan conflictos cuando no la violencia; la muerte de Carlos, acuchillado por un ladrón, será un triste ejemplo de ese otro caos social ya no debido a erupciones sino a un contexto desfavorable después de las mayores desilusiones.

El final de Un sol sobre Managua se concentra en esa “oscuridad social”, esa pobreza y ese abandono que son los gérmenes de la violencia: esos «oscuros rincones del barrio», ese «laberinto sucio y enrevesado en la penumbra de Managua», con «niños sucios», «sábanas sucias» (304), y todo un campo léxico de la negrura que no deja el menor espacio a la luz del título de la novela; al contrario, en las últimas páginas se puede leer: «sobre el cadáver de Managua, moría otra vez el crepúsculo» (303), y otra vez las tinieblas, invictas. ¿Qué sol brilla sobre Managua?...

El mismo “agujero negro” parece haber tragado el interés por la cultura: la novela no sólo repara en la indiferencia y la pérdida de puntos de referencia frente a la política sino también frente a la cultura, proponiendo una relación causa-efecto: la pérdida de pasión por la crítica literaria tiene que ver con la pérdida de pasión por la crítica política, según Carlos que observa por otro lado: «Desde hace treinta años vivimos en un ambiente de polarización política que no deja espacio para la universalidad de la cultura» (102). Los nicaragüenses no se abren al mundo, permanecen en su propio universo. El problema de la identidad también existe a nivel cultural, y la novela se interesa por la poesía nacional, aludiendo o citando a muchos poetas famosos, y formulando una reflexión acerca de la función del poeta.

Hoy, los poetas ya no escriben grandes poemas paradigmáticos como el Canto General de Neruda o el Canto Nacional de Cardenal para salvarse (104), no necesitan de grandes mitos o de una unidad que significaría una misma verdad cuando en realidad todo es múltiple. Pero si el compromiso del poeta ya no es el mismo, permanece la idea de una misión crítica como un imperativo moral: el poeta debe dejar «un testimonio “adicional” de su paso por la tierra» (105), sobre la cultura por supuesto y la revolución tecnológica, pero también sobre los errores de cada gobierno, o la ideología en sí misma totalizadora y dogmática; en una palabra, debe cuestionar el mundo.

La novela aborda el problema del lugar del escritor en la sociedad nicaragüense que le profesa una «silenciosa hostilidad» (312), a lo cual hay que añadir dos peligros del creador: el resentimiento y la auto-satisfacción (311). Entre la amargura y la vanidad, parece plantearse la disyuntiva de ¿escribir o no escribir? que recuerda la cuestión shakespeariana del «ser o no ser», puesto que para un escritor escribir no es nada menos que existir, la escritura se convierte en una razón de ser. Si Carlos no supo escapar de esas trampas y se mostró egoísta, presumido, neurótico con la escritura y fracasado en amor, sus imperfecciones sirven sobre todo para criticar el escarnio y la desconsideración de sus colegas tras su fallecimiento (310).

Por más cínico que fuese Carlos —algo que no debe sorprender en la era del desencanto— supo ser «autocuestionado» (313), supo dudar, incluso de sí mismo. En la obra de Erick Aguirre, la duda tiene un sentido particular e implicaciones esenciales, como podemos leer en Con sangre de hermanos: «Porque la duda […] es la mayor señal de inteligencia en el ser humano» (306). La duda es indisociable de un buen juicio, pero también —y es lo primordial— es una condición sine qua non de libertad y de humanidad, de altruismo auténtico: frente a los postulados y las convicciones que son como prisiones, frente a cualquier sistema ideológico o intelectual que ahoga la libertad de pensamiento, encierra en una racionalidad deshumanizada y obstaculiza la relación con el otro, dudar, rehusar cualquier verdad de hecho, es permanecer abierto.

Ya pudimos mostrar en otro trabajo que la crítica o el debate en las novelas de Erick Aguirre enarbola menos la bandera de la rebelión que la de la tolerancia. Después de tantas divisiones, de tanta sangre desparramada por ideas que fueron mentiras, y más allá de la multiplicidad de los puntos de vista, sus novelas parecen abogar implícitamente por una “hermandad”, una fraternidad, porque todos los nicas tienen la misma sangre como bien reza el título Con sangre de hermanos, y porque todos los managuas comparten la historia de una misma ciudad, “perdida”, y que hay que “recobrar” para recobrar una identidad, un sentido. ¿Una paz interior?

4- Hacia la ciudad recobrada

Erick Aguirre sale en busca de la ciudad perdida mediante Carlos Vargas nacido como él en agosto de 1961 en Managua (23), periodista en La Prensa y Barricada (27), «obsesionado con la duda como concepto» (29), y cuyo padre lleva el mismo nombre que el del autor (53). La memoria y la escritura se ponen al servicio de ese “viaje” proustiano emprendido por el autor para recobrar la ciudad perdida, hacerla revivir: «lo único que queda es el recuerdo» (61) si se cree el último verso de un poema de P.R. Gutiérrez, y con él la posibilidad de recuperar el pasado, la Managua de antes del terremoto, «en su integralidad» (237), palabra ésta que sobreentiende una amputación.

De hecho, está llena de “agujeros” o de vacíos, por los barrios destruidos, los espacios desaparecidos, lo que dificulta singularmente la reconstrucción memorial y sicológica: «la memoria, la historia, los recuerdos, son personas, sitios, referencias. Nada puede desarrollarse naturalmente en el vacío» (58); contra la nada, el recuerdo restablece al ser porque un ser es también sus recuerdos: «recuerdo, luego soy» podríamos decir inspirándonos en el filósofo. Nuestros recuerdos nos hacen, nuestro pasado nos hace, de ahí la necesidad de conocerlo, integrarlo, apropiárselo.

Para ello, la palabra resulta imprescindible: esclarece, apacigua, ¿cura? También en la novela Con sangre de hermanos se le atribuye una función de contrapoder ético contra el poder político, y parece que podríamos aplicar la cita siguiente al poder de la palabra-recuerdo contra el poder del olvido:

contar es una manera de revertir la impotencia. […] Y el único recurso con que ahora contamos es la palabra. El poder de la palabra es el único que nos resguarda del otro poder, de su dominio, de su control. Por eso ahora hay que contarlo todo (12-13).

La novela se vale de varios testimonios, se apoya en la multiperspectividad y la polifonía para reconstituir la Historia y la identidad de Managua; al respecto, unos «Agradecimientos» cierran la novela, entre los cuales figura el padre de Erick Aguirre y su abuelo, personas de carne y hueso y no personajes de papel, cuya herencia más entrañable es precisamente esa «herencia de amor a la ciudad y a su historia» (319).

Otro punto decisivo en la investigación del pasado es remontarse a la historia más inmemorial con el origen de los nombres, su etimología, es decir su sentido y con él señas de identidad: recobrar el sentido primario de las cosas y, siguiendo ese hilo en el laberinto y los recovecos de la Historia, comprender la coherencia del pasado como relato que tiene su lógica interna:

el nombre original de esta ciudad era Man-a-hua […], “Agua grande encerrada”, “gran agua cercada”. Era el nombre común del pequeño gran lago, consagrado al Gemelo Menor Xolotl (Xolotlán), hermano de Coapol (Cocibolca), la pareja mítica más importante del panteón nahua nicaragüense. […] los nahuas fundaron la ciudad de Managua (30).

La búsqueda del origen suele conducir a los limbos del tiempo, a aquel tiempo “a-histórico” que colinda con el mito. Aquí la evocación de Xolotl, el dios psicopompa con cabeza de perro que guía a los muertos al más allá hasta Mictlán, nos adentra en la mitología nahua que regía la vida cotidiana de los antepasados de los managuas. Preguntarse quiénes somos es preguntarse también quiénes fueron nuestros ascendientes, es sondear la pre-historia de la que necesariamente procede cada uno, como las diferentes ramas de un tronco común: contra el vacío y la nada, erigir el “árbol”, es decir el sentido porque lo que tiene una historia, y una coherencia, permanece de pie o por lo menos puede alzarse de nuevo. Pese a las ruinas de esa ciudad entre la vida y la muerte, como en una especie de “coma” eterno, y a la que hay que reanimar, queda la esperanza.

Managua merece ser salvada de las cenizas, merece esa forma de rehabilitación, por más fea que sea: «Managua no existe y es real. Una capital inhabitable y sin embargo, destino final de casi dos millones de almas desempleadas o burocráticas […]. Fea antes, horrible después y peor ahora. Temblando siempre. La ciudad más fea de América» (257). Difícilmente se puede describir una ciudad con más negatividad: prefijos, adjetivos, superlativos, gradaciones, todo conspira en estas frases para hacer de Managua una vez más una “anti-ciudad”.

No obstante, más allá de tal retrato —o por ello—, los managuas de corazón sienten una profunda nostalgia que se explica sencillamente por la “pertenencia”, el lazo afectivo que recuerda las relaciones filiales: «Añoranza de lo que amamos porque simplemente es nuestro o fue nuestro» (257) —esa nostalgia abarca por lo demás una Historia nacional “extra-ordinaria”, de complot y de esperanza, que euforizó a todo un pueblo y ya no volverá a suceder—; y cuando el poeta Calero dice que se maltrata de palabra lo que más se quiere y que él tampoco jamás la abandonaría (52), ¿cómo no pensar en una relación madre-hijo o padre-hija? puesto que si ellos emanan de ella, ella también emana de ellos. La ciudad, como la patria, es la creadora y la creación de sus ciudadanos, su crisol y su criatura.

Se puede “entrar en relación” con la ciudad porque es un discurso, es un lenguaje: comunica silenciosamente con sus moradores; la ciudad les habla a sus habitantes, y sus habitantes le hablan a la ciudad, habitándola, recorriéndola, o sólo mirándola. En ella, en sus calles y sus muros, se puede “leer” la historia de sus residentes porque cada uno es la memoria del otro: la ciudad es representativa de lo que son y ellos de lo que es, como un espejo mutuo. Gracias a ese discurso y esa comunicación impalpable, la ciudad tiene sentido. No sólo es un espacio geográfico sino también un espacio relacional, el espacio de una comunidad, un lugar de vida. Por más omnipresente que parezca la muerte en Un sol sobre Managua, el recorrido nocturno de los dos periodistas con el poeta Raúl Calero, por bares y cantinas —espacios de socialidad y de disfrute, es decir espacios vivos— que es un recorrido tan espacial como temporal, cargado de memoria, permite recuperar esa riqueza inmaterial.

La ciudad es un hecho simbólico, cultural, antropológico (Lamizet: 6) que no sólo se describe como una mera realidad material concreta, sino que existe como “entidad” indisociable de las almas que la componen. Abraham Moles bien mostró cómo el espacio existe en función del que lo observa, y por lo que lo llena (11), cómo no es neutro sino que se revela fuente y causa de comportamientos (20).

En Un sol sobre Managua, vemos cómo los personajes perciben o aprehenden su espacio: no se trata en absoluto de una observación “racional” que reduciría la ciudad a un espacio geográfico o geométrico, sino de una aproximación “subjetiva” que se asume como tal, en la que el sujeto experimenta su relación con el espacio porque la búsqueda proustiana es emocional, incluso sensitiva. Es así como hacen existir a la ciudad, percibiéndola no como un espacio objetivo y sin alma sino como su lugar en esta tierra, un espacio subjetivo y afectivo del que son el centro y al que “experimentan” con sus propios sentimientos y sensaciones, un espacio por lo tanto vivo, que vive gracias a ellos y al vínculo que establecen con él.

La búsqueda del pasado de Managua debe propiciar la construcción del futuro, puesto que si «La búsqueda de un futuro termina con la conquista de un pasado, un pasado reinventado» según el criterio de Octavio Paz (21), la búsqueda del pasado favorece a su vez la elaboración del futuro. Podemos pensar que la indagación de los personajes que recorren la ciudad como en busca de su intimidad o de su secreto, quiere contestar a la pregunta: ¿Quién es Managua? para responder mejor a la búsqueda no sólo identitaria sino también existencial «¿Quiénes somos los managuas?», lo cual contiene sin duda a su vez el interrogante de Erick Aguirre, como la de cada uno de los managuas: «Quién soy yo»? Uno es también en función de su contexto, de una historia colectiva que lo supera y contiene: de la construcción colectiva a la construcción individual, no se puede hacer caso omiso de la influencia del entorno sociocultural, del espacio y de su historia.

En este relato autorreferencial en el que managuas nostálgicos “dicen” su ciudad, el narrador que la “escribe” se pregunta qué le impulsó a redactar esa historia (313) —con un verbo que revela una pulsión, otra vez la vida contra la muerte— y explica en las últimas líneas de la novela: «Yo por ejemplo me puse a escribir esta historia porque me mantenía cerca de la poesía, de mis libros. Mientras llegaba el momento de sumergirme plenamente en ella, entre ellos; con las mismas palabras, las mismas emociones y los mismos sufrimientos. Pero al desnudo» (314). Escribir sin tapujos ni mentiras, “tal cual”: el excipit de Con sangre de hermanos revelará la misma sinceridad y la misma humildad. La referencia a la desnudez es una exigencia de pureza y de honestidad; esa desnudez no es fragilidad, es la fuerza de la integridad.

Entre el cuerpo herido de Managua y el cuerpo “íntegro” de un «yo» narrativo en el que podemos reconocer a Erick Aguirre, se establece una “transfusión” de fuerza por así decirlo. La escritura es aquí cuerpo a cuerpo. Es un lazo sensorial y corporal —¿erótico?—, un lazo de carne, el que lo une a la ciudad amada, esa ciudad que él tiene bajo la piel, metida en el cuerpo. ¿Como aquel otro poeta que en el corazón tenía la espina de una pasión?

Si el sol es un símbolo de vida y de felicidad, el “sol sobre Managua” no dispensa la luz sino la oscuridad de la muerte y la desgracia. El desfase patente que existe entre el título de la novela y su contenido puede encerrar una ironía que denuncia la ausencia metafórica de sol sobre Managua; o puede reflejar la esperanza de un sol que algún día ahuyente las tinieblas. A no ser que ese sol exista ya, difractado en esos managuas que, como otros tantos rayos, hacen revivir la ciudad en sus recuerdos y sus escritos, y representan así una luz en la noche. Puede no haber sol sobre Managua, los hay que velan por ella como múltiples soles, “soles de justicia”, cuyo amor a la ciudad y cuya lucha por darle vida son otras tantas promesas de que un día Managua renacerá verdaderamente de sus cenizas.

Nathalie BESSE
Universidad de Estrasburgo (Francia)

Bibliografía:

AGUIRRE Erick, 1998, Un sol sobre Managua, Managua, Editorial Hispamer.
-----------------, 2001, La espuma sucia del río: sandinismo y transición política en Nicaragua, Managua, CIRA.
-----------------, 2002, Con sangre de hermanos, Managua, Anamá Ediciones.
-----------------, 2005, Subversión de la memoria. Tendencias en la narrativa de postguerra, Managua, Centro Nicaragüense de Escritores.
-----------------, Blog : http://erickaguirre.blogspot.com/
BESSE Nathalie, « Con sangre de hermanos d’Erick Aguirre : une Histoire du mal politique au Nicaragua ». Coloquio Internacional del C.H.E.R., Universidad de Estrasburgo, 18-19 de noviembre de 2010, organizado por Nathalie Besse, reCHERches n°6, primavera 2011, p. 101-111.
LAMIZET Bernard, SANSON Pascal, 1997, Les langages de la ville, Paris, Éditions Parenthèses.
MOLES Abraham, ROHMER Élisabeth, 1998, Psychosociologie de l’espace, Paris, L’Harmattan.
REMY Jean, VOYE Liliane, 1992, La ville : vers une nouvelle définition, Paris, L’Harmattan.
VILLALOBOS Carlos Manuel, «Castígame con tus deseos. Los umbrales de Managua en la novelística de Aguirre y Galich», in InterSedes: Revista de las Sedes Regionales, año/vol. IV, n°6, Universidad de Costa Rica, Ciudad Universitaria Carlos Monge Alfaro, Costa Rica, pp. 125-133.
Villes et nations en Amérique latine, 1983, Paris, Maison des pays ibériques, Éditions du CNRS.

Wednesday, July 27, 2011

El doble rostro de América Latina


Entrevista con Alejandro Serrano Caldera, a propósito del tercer volumen de su "Obra", editada por Hispamer

La editorial Hispamer inició hace unos años la publicación ordenada de la obra completa del Dr. Alejandro Serrano Caldera, conocido y muy respetado filósofo, jurista, escritor y profesor nicaragüense. Comos los lectores asiduos suyos podrán suponer, se trata de una obra en verdad voluminosa y enriquecedora.

En 2008 fue publicado un primer volumen, en el que Serrano aborda, entre otras cosas, lo que llamamos “grandes temas” filosóficos y políticos, pero fundamentalmente concentrados en lo que podríamos llamar la pre-modernidad. En 2009 se publicó un segundo volumen, en el que se observa una continuidad de esos mismos temas, junto a otros actualmente más ingentes y no menos importantes como la ética, el arte y el papel de la universidad en América Latina.

En este tercer volumen el autor lleva casi a culminación una especie de integración racional de los temas generales del pensamiento filosófico y político, junto a otros propios de América Latina, y de Nicaragua en particular, teniendo siempre en cuenta la referencia de tiempo y lugar de la región y el país.

Con la aparición de este volumen tres, Serrano va estructurando de una forma cada vez más consistente toda una obra sistemática de filosofía en Nicaragua, lo cual es también un importante aporte a la reflexión sobre los grandes temas filosóficos hecha desde América Latina.

La mayoría de los textos incluidos en este tomo hacen énfasis en la necesidad de afirmar y desarrollar el pensamiento como parte integral de la estructura histórica de América Latina y Nicaragua; como un elemento necesario en la formación de su identidad plena, al lado de su innegable y valiosa vocación imaginativa, intuitiva y estética, favoreciendo así la integración entre la sensibilidad y la razón, el arte y el logos.

Sin duda la obra de Alejandro Serrano Caldera contribuye y contribuirá a la toma de conciencia de la necesidad de llenar ese vacío del pensamiento y la razón crítica en los diferentes órdenes de la vida individual y colectiva en nuestra sociedad; particularmente en las instituciones y el sistema jurídico. Por eso agradecemos al autor habernos concedido esta movida entrevista que a continuación ofrecemos.

-Bueno, doctor, ya usted debe saber que la mayoría de escritores aquí lo reconocen como el principal pensador de Nicaragua. Algunos lo nombran como el más minucioso sistematizador del funcionamiento político-social de nuestras sociedades, y uno de los más destacados intérpretes de la identidad y del destino de América Latina... ¿Cree usted que es lógico observar tanta ausencia de filósofos en un país como el nuestro?

Yo creo que de alguna forma esto es consecuencia de la misma historia de Nicaragua y de América Latina, lo que ocurrió es que, efectivamente, en nuestros países no hubo siglo XVIII, es decir, no se dio el movimiento de la Ilustración como un movimiento filosófico en el que la razón asumió un rango preponderante, y lo que ocurrió en cambio, fue que se adoptó la Ilustración a la política y al derecho, y se extrapoló el derecho constitucional europeo a las constituciones latinoamericanas, centroamericanas y nicaragüense, donde sin haber experimentado el proceso previo de transformación de la revolución de la razón, se adoptaron las consecuencias, el efecto, la síntesis de todo ese proceso que fue el proceso jurídico.

-Particularmente creo que en Nicaragua esa ausencia fue más notable...

En Nicaragua hay más ausencia y en parte el esfuerzo de estas obras, con toda modestia, es tratar de abrir ese camino que no se ha abierto todavía.

-Estamos hablando de las obras que desde hace algunos años usted se propuso ordenar y publicar. Todo este esfuerzo yo lo asumo como una invitación a la reflexión, al diálogo, al debate, a la formación de un pensamiento crítico. ¿Ése es su propósito?

Ese es el propósito exactamente, contribuir a la formación de un pensamiento crítico y una visión crítica al tratar de llenar ese vacío, que ha sido una ausencia, una mutilación ontológica en la historia de la cultura de nuestro país, y a partir de ahí a propiciar un diálogo, un debate, un intercambio de las ideas que esté fundamentado en estas bases.

-Ahora estamos frente al tercer volumen, ya publicado y próximo a presentarse. Es notable que en éste los temas tratan sobre el pensamiento y la filosofía específicamente en América Latina y Nicaragua...

Así es. Exactamente, y el título es “América Latina ante la razón filosófica” y “Escritos sobre el pensamiento, la política y la cultura nicaragüense”, que es el título genérico, aunque en la segunda parte de este volumen sólo se trata de los escritos sobre la política en Nicaragua. En el cuarto volumen, que esperamos comenzar a trabajar en cuanto terminemos la presentación de éste, abordaríamos el tema del pensamiento y la cultura en Nicaragua y mis escritos jurídicos, pero efectivamente el tema es ese: América Latina ante la razón filosófica, porque se ha hablado mucho de que ha faltado una filosofía en América Latina, aún cuando hay un movimiento filosófico fuerte ya, a estas alturas; otros han dicho que no, que siempre ha habido una filosofía distinta a la visión euro-céntrica de la razón filosófica, es decir a la visión europea. En todo caso, América Latina ha descollado más, igual que Nicaragua, que es parte de ella, en el aspecto de lo intuitivo sensible, del arte, la literatura, la narrativa, la poesía, la pintura, la música.

Desde hace un tiempo hasta esta parte, fue que comenzó a fortalecerse el desarrollo del pensamiento crítico, de la razón crítica... Y no es que sean excluyentes ni que una cosa existiera en detrimento de la otra, al contrario, se trata de una integración, una integridad en el plano global de la cultura. Ahora, el libro reflexiona sobre de qué manera podemos identificar la identidad latinoamericana más intuitiva frente, por ejemplo, a la identidad del ser europeo, más racional en muchas cosas, y de qué manera, sin embargo, ese pensamiento ha ido desarrollándose progresivamente en América Latina...

-Cuando se habla de identidad se suele elogiar eso que usted menciona: la vocación imaginativa, intuitiva, la estética de los latinoamericanos, incluidos los nicaragüenses, pero esa sensibilidad parece estar permanentemente divorciada de la razón. ¿No le parece?

Me parece que lo que ha ocurrido, más que un divorcio, más que un conflicto, ha sido una ausencia, y esto se ha desarrollado sin que se hubiese desarrollado paralelamente el proceso de formación en el plano de la razón y en el plano del pensamiento. Lo que ha habido es una especie de déficit en el desarrollo de uno de los grandes aspectos de la identidad integral de una sociedad. Sin embargo, eso está en proceso de avance, de progreso. Cada vez más, América Latina se presenta con su misión filosófica, que no es una filosofía para América Latina sino que tiene que ser una filosofía universal desde América Latina. Es decir, América Latina no debe ser sólo esto de lo que hemos hablado, sino el contexto situacional desde el cual se analicen los problemas mundiales.

-Me parece que usted se ha propuesto incorporar en el lenguaje y en el pensamiento de los nicaragüenses algunas categorías y conceptos. Voy a enumerarle algunos: Proyecto de nación, Nicaragua posible, Unidad en la diversidad, Convergencia, Legalidad, Legitimidad, Concertación... ¿De alguna manera podríamos considerar ya esos conceptos como serraneanos? Al menos aquí y ahora...

Bueno, me alegra mucho que hayan pasado estos conceptos, en forma muy limitada, a categorías conceptuales, así como al acervo terminológico del vocabulario nicaragüense. Efectivamente, hemos trabajado estas ideas, inclusive, no sé si resultaría pretensioso que mi pensamiento filosófico se identificara alrededor del concepto de la unidad en la diversidad -hay un libro mío con ese título-, en el que de alguna manera la idea fundamental es el alejamiento de un pensamiento único, dominante, absoluto; buscar un diálogo de distintas visiones y distintas categorías, tratar de buscar una interacción y una retroalimentación entre ellas, que vayan produciendo síntesis. Eso ha sido talvez el nombre de mi pensamiento filosófico: la unidad de la diversidad, pero también hemos trabajado estas categorías tanto en mis libros, en mis ensayos, como en foros nacionales que se han hecho. Por ejemplo, a fines de agosto de 1990 organizamos justamente el foro que duró tres años en cinco sesiones, La Nicaragua posible, y ahí el subtítulo era Hacia un proyecto de nación.

Luego, otro foro era por la Unidad en la diversidad, y ahí pues se fueron trabajando estas categorías de unidad en la diversidad, proyecto de nación, Nicaragua posible, la diversidad y la concertación como una salida al embotellamiento político, el concepto de legalidad y el concepto de legitimidad, que sí dominan las páginas de mis libros y afortunadamente, desde mi punto de vista, han trascendido al debate y -podríamos decir- al lenguaje político cotidiano en Nicaragua...

-En todos sus escritos ha tenido en cuenta la ubicación en tiempo y lugar de nuestra región, y específicamente de Nicaragua. ¿En este volumen tres de su obra se puede hablar ya de una estructuración más clara de la filosofía en Nicaragua?

No sé si me atrevería a afirmar que podemos hablar de la estructuración de una filosofía en Nicaragua, sino más bien como un observatorio, como contexto situacional, como perspectiva integrada a la de América Latina para enfocar problemas universales, como el problema de la razón, el problema de la intuición, de la identidad, de la ontología del ser. Pero, si bien estos volúmenes no llegan talvez a crear una filosofía nicaragüense, yo lo menos que espero es que abran el camino hacia la formación y el desarrollo de una cualidad que hasta el momento no ha sido talvez la más visible de nuestra cultura.

-Usted siempre hace énfasis en la necesidad de afirmar y desarrollar el pensamiento como parte integral de la estructura histórica de América Latina y de Nicaragua ¿Considera la historia nicaragüense como una historia carente de ideas o de un verdadero pensamiento?

Yo creo que ha faltado. El pensamiento y la intención mía va en esa dirección, aunque se piense sobre temas universales como los que hemos mencionado, se piensa sobre situaciones histórico-temporales y espaciales concretas y el ser humano que piensa sobre la razón, la intuición, el ser y las grandes categorías de la filosofía, piensa no desde una burbuja aislada de la realidad, sino que piensa desde su propia realidad, que influye en su propia visión, percepción y razón, por lo tanto es inevitable, y afortunadamente así lo es, que haya una integración entre lo universal y lo particular. Es el sujeto que no está en la estratosfera, sino que está en un contexto situacional específico, en determinadas categorías que lo influyen y a partir de ahí se vuelca al análisis de los temas universales...

El otro elemento sobre este mismo punto es que, para mí, el pensamiento no está separado ni divorciado de la sociedad. La razón es una forma de la realidad, y la realidad es una expresión de la razón, de lo que se ha pensado cuando los actos y los hechos y las acciones histórico-políticas, sociales, económicas o lo que sea, responden también a un concepto, a una categoría y a una idea.

-Ese aparente vacío que ha mencionado, del pensamiento y de razón crítica en nuestras sociedades, parece procurar la desnaturalización y el mal funcionamiento de las instituciones y del sistema jurídico especialmente... ¿Cree usted que esa es la causa de que aquí el ejercicio del poder sea siempre arbitrario y despótico?

Creo que es la causa principal, y está tratado justamente en este volumen que recoge mi libro “Razón, derecho y poder”, que fue un curso que impartí en una universidad de Estados Unidos, donde mi hipótesis filosófica es la siguiente: con la Independencia nacen nuestros estados naciones, nuestras repúblicas; se produce, sin embargo, un fenómeno en virtud del cual, quienes asumen el poder real, no fueron los capitales de la independencia que estaban influenciados por la ilustración y por el racionalismo europeo. Bolívar murió, ya sabemos, huyendo de todo; San Martín murió autoexiliado en Francia, Sucre fue asesinado después de la batalla de Ayacucho, y quien tomó el poder fue una oligarquía terrateniente de criollos que les interesaba la independencia por razones de beneficio económico, donde ya las ventajas económicas no se van a ir a España, sino que van a quedar entre los criollos, que son los hijos de los peninsulares.

Entonces, por un lado tenemos un movimiento influenciado por la Ilustración, en el pensamiento, la independencia; es la realización práctica de la idea de la libertad y la dignidad del ser humano que los filósofos de la ilustración, basados en la razón, desarrollan en Europa; pero la realidad económica, social y política de América Latina es premoderna, feudal y medieval, entonces se da realmente lo que Carlos Fuentes llama una situación esquizoide y que Octavio Paz también menciona; no recuerdo si le llama esquizofrenia o bipartición entre el mundo real y el mundo legal...

-El doble rostro de Jano...

El rostro de Jano, en efecto. El llanto y la sonrisa. Por un lado una sociedad moderna, que es la copia del Derecho Constitucional Europeo, que es fruto de la razón de la revolución racionalista europea en nuestras constituciones; y por el otro lado una sociedad premoderna, es decir, por un lado la modernidad jurídica y por el otro la premodernidad económica y social... Pero yo intento, todavía, dar un paso más allá, o tal vez es más acá, pero que no lo tratan Carlos Fuentes ni Octavio Paz, y es que esta bipartición fue deliberada: por un lado mantener la Colonia sin España, un colonialismo interno, una sociedad premoderna, pero por el otro lado, para no enfrentarse a la corriente racionalista e ilustrada que revolucionó Europa, adaptar su expresión jurídica constitucional en los textos constitucionales latinoamericanos para encubrir la realidad que supuestamente debía regular. Entonces tenés una sociedad cuasi feudal en la realidad, y una sociedad moderna en el texto constitucional. Esto ha llevado, obviamente, a que las instituciones, las leyes y grandes principios jurídicos, como separación de poderes, subordinación del poder a la ley, etcétera, no hayan sido asumidos como categorías racionales y menos aún como valores y principios fundamentales de esa identidad.

-Carlos Fuentes habla de una realidad legal que está en el papel y de una realidad real, pero refiriéndonos específicamente a la Nicaragua actual, es la falta de pensamiento crítico y su reflejo en nuestra precaria democracia ¿A eso debemos la constante burla al estado de derecho por parte de los gobernantes?

Yo creo que esa es la causa principal, y que es colectiva, porque no olvidemos que hay caudillismo no sólo porque hay caudillos, sino porque hay una sociedad que los produce, es decir, existe una voluntad despótica por parte del poder y una visión hacia el hombre fuerte, al ser mítico, para resolver todos los problemas que de alguna forma no ha sido sustituida por una posición racional crítica.

-Lo cual también convierte esto en un fenómeno cultural...

Sí, es un fenómeno cultural, y eso explica en parte que nuestra historia se repita con mucha frecuencia. Cambian los nombres pero los hechos y circunstancias siguen siendo casi los mismos, y entonces el futuro se nos vuelve el pasado que regresa...

-Usted habla de sustituir la práctica de La razón de la fuerza por La fuerza de la razón, ¿podemos considerar eso una utopía o una esperanza realizable?

Toda realidad, antes de serlo, es una utopía, y toda utopía es el preanuncio de una realidad, de tal manera que yo creo que justamente estos esfuerzos deben ir orientados hacia eso, a hacer de esta una sociedad racional, lo cual no quiere decir una sociedad perfecta y sin conflictos, pero con otro tipo de problemas a resolver. Es decir, una sociedad en la que los hechos no sigan repitiéndose como se repite la vuelta de la bicicleta estacionaria, que gira constantemente pero no camina, y lo que pasó regresa. A mí me parece que es fundamental crear esa posibilidad racional, esa posibilidad de trabajar sobre la base de categorías y conceptos que nos permitan tener un diálogo y un debate de confrontación de ideas, más que choques personales y descalificaciones como se maneja habitualmente nuestra realidad política.

-¿Vamos a esperar un cuarto volumen?

Yo creo que sí, estamos afanados, el plan son cinco volúmenes. Originalmente era uno, después fueron dos, ahora son tres. El cuarto sería sobre el pensamiento y la cultura. Llevaría siempre el título “Escritos sobre el pensamiento, la política y la cultura nicaragüense”, que es el enunciado general, pero como en la segunda parte nos referimos a la política, quedaría sobre el pensamiento y la cultura nicaragüenses y los estudios jurídicos, que serían mis trabajos en derecho, mi libro de derecho del trabajo, mis estudios para la Unesco, investigaciones sobre los medios de comunicación en el sistema constitucional latinoamericano (la parte general, por lo menos); mis estudios cuando era presidente de la Corte Suprema de Justicia, el derecho en la revolución, que ha sido traducido al francés y publicado en Francia y en Estados Unidos; mis escritos jurídicos en general... Si es posible trataríamos un quinto volumen en donde se recopilen una serie de ensayos que no he podido acomodar en estos tres volúmenes.

-¿El último, o la obra sigue abierta?

El quinto pero no el último, porque la obra sigue abierta mientras podamos escribir...

Monday, June 20, 2011

Abrirle un camino al pensamiento


Alejandro Serrano Caldera y su obra filosófica

(El 27 de enero del 2010, el Dr. Serrano Caldera presentó en Managua el segundo volumen de sus Obras)


Alejandro Serrano Caldera es considerado nuestro primer filósofo por su constancia, por su lucidez y por la calidad y el rigor de su hermenéutica. La meridiana claridad de su discurso, la variedad y a la vez la coherencia y unidad de los temas que durante su arduo y extenso desempeño intelectual ha desarrollado, adquieren a la larga una consanguinidad o parentela cognoscitiva impresionante.

La razón y sus eternos adversarios, así como sus complementos; los dilemas del hombre, o del ser, ante la naturaleza, la sociedad y la historia; la búsqueda de sentido a la idea de identidad (humana, latinoamericana o nacional), el papel de la universidad en el desarrollo social de la nación; la filosofía y la política; las contradicciones entre la idea y la praxis o las disfunciones entre lo ideado o normado y la realidad cotidiana de nuestra práctica política, social y económica; son asuntos que nunca han dejado de redundar a lo largo de su extensa obra escrita.

Filósofo humanista, jurista y analista político, el Dr. Serrano Caldera ha logrado estructurar una obra vastísima que lo convierte, con todo derecho, en el principal pensador de Nicaragua y en el más minucioso sistematizador de su funcionamiento político-social, así como en uno de los más destacados intérpretes de la identidad y del destino de América Latina.

Con el apoyo del Consejo Nacional de Universidades, la editorial Hispamer inició no hace mucho la publicación ordenada de toda su Obra, que como se podrá suponer es voluminosa. En el año 2008 fue publicado un primer volumen, y a finales del 2009 fue publicado un segundo tomo.

En la primera parte, o en el volumen uno de sus Obras, el Dr. Serrano aborda, entre otros, los grandes temas filosóficos y políticos, pero fundamentalmente concentrado en lo que podríamos llamar la pre-modernidad.

Las grandes preguntas del ser, formuladas por los filósofos pre-socráticos, la pregunta fundamental de Sócrates sobre el ser, hasta llegar a las incertidumbres del mundo contemporáneo, eran los temas en que se concentraba al final de ese primer tomo.

Ahora, en la primera mitad de este segundo volumen de sus Obras, Serrano ofrece una continuidad de sus escritos filosóficos y políticos, junto a otros temas no menos importantes como la ética, el arte y el papel de la universidad en nuestras sociedades…

-Situándonos desde una perspectiva latinoamericana o centroamericana ¿cómo cree usted que se han transformado hasta ahora las grandes preguntas sobre el ser y el mundo, y cómo lo han hecho también sus respuestas?

Es que durante la antigüedad, la dimensión del ser, en muchos aspectos, venía determinada por su participación en la vida política y en la vida pública. El ser era, en alguna forma, lo que el ciudadano era, es decir, la expresión visible y externa del ser; en otras palabras lo que la ciudad le decía que fuese. De alguna forma la República de Platón es una consagración de esta idea, es decir: somos en tanto que nos revelamos como sujetos pertenecientes a una articulación y a un engranaje llamado Polis, en donde se identifican, tanto el individuo como ser, la sociedad como su contexto, y la estructura del Estado y las instituciones públicas como aparato de gobierno, en una inextricable unidad. Ese es un concepto clásico griego, aunque esto no excluye otros conceptos metafísicos en los que también habría que detenerse…

Pero ubicándonos en la modernidad, situándola de alguna manera (aunque sería difícil hacer una síntesis total, sí podríamos destacar los elementos que más resaltan), vemos que inicia filosóficamente con Descartes, con aquella famosa expresión: “pienso, luego soy”, que fue traducida al castellano como “pienso, luego existo”. En realidad con esta frase lo que Descartes está diciendo es que el ser depende del pensamiento, que la razón es la condición del ser, aun y cuando en el debate va a surgir también la idea que complementa, desde una visión opuesta, esa afirmación: que el pensar sólo es posible con el existir, y desde ese sentido también la razón y el pensamiento dependen de la existencia.

Pero centrémonos en lo que Descartes quiere decir y cuál es la tremenda revolución moderna que implica su planteamiento, es decir, que el ser es la razón. Para los griegos el ser era esa integración triple entre individuo, sociedad y aparato político público del Estado; para Descartes la razón es la esencia del ser. Para los griegos la razón era un instrumento para conocer, era fundamentalmente un asunto gnoseológico; en Descartes es un asunto ontológico, y eso plantea un avance o una transformación cualitativa con respecto a los griegos, en tanto que Descartes está haciendo depender, no únicamente del conocimiento del mundo exterior o de mi propio mundo, el uso de mi razón, sino mi propio ser, de la condición, que es la razón. “Pienso luego existo” quiere decir “pienso, por lo tanto soy”. El ser depende, pues, del pensamiento.

Luego, otra ruptura tremenda, ya en la modernidad mucho más próxima, después de la Segunda Guerra Mundial, es la idea existencialista, sobre todo el existencialismo ateo de Sartre, de Albert Camus… Más allá del existencialismo cristiano de Kierkegaard, de Gabriel Marcel y Jacques Maritain, el planteamiento del existencialismo sartreano es: “la existencia es anterior al ser; el ser es una consecuencia del existir”, y en este sentido influye también otra serie de corrientes vitalistas, racio-vitalistas, como la de Ortega y Gasset en España, que dice: “el hombre es un proyecto inacabado; el ser, que es la consecuencia del hacer, es la suma de sus acciones y omisiones”.

Entonces vemos ahí tres grandes momentos: la antigüedad griega con esta trilogía de individuo-sociedad-aparato político; la esencia del ser en la razón, de Descartes, y el ser como un proceso, no algo que existe de previo sino algo que se construye día a día con lo que se hace y con lo que se deja de hacer. El ser, para el existencialismo es el hacer… Tenemos ahí, pues, tres grandes referentes, aunque este es un tema que da para mucho más…

-Circunscribiéndonos a Latinoamérica ¿cree usted que aquí estamos viviendo en una especie de espacio-tiempo anacrónico, es decir, sumergidos en la pre-modernidad en medio de un mundo globalizado que, más que moderno, es ya postmoderno o transmoderno como suele usted llamarlo?

Exactamente. Yo creo que parte de la situación de América Latina (y esta ha sido una de las motivaciones de mi escritura en este campo filosófico) tiene mucho que ver con algo que ya se ha dicho y es bueno retomar aquí: y es que “América Latina no tuvo siglo dieciocho”, es decir no tuvo la revolución racionalista de Descartes, de Spinoza, de Kant y de todo lo que fue el gran racionalismo europeo a partir de la figura de René o Renato Descartes; no hubo un siglo dieciocho justamente porque fuimos herederos de dos vertientes fundamentales: una sociedad colonial dependiente de una España que en su momento quedó fuera también, en alguna medida, de los alcances de la revolución racionalista cartesiana, y de una concepción piramidal de la sociedades y las teocracias aborígenes anteriores a la Colonia.

Entonces, los efectos de estas transformaciones que además influyen o se complementan con el pensamiento inglés y alemán, prácticamente no llegaron a América Latina. En esto no se trata de establecer ninguna comparación de calidad o de jerarquía, simplemente se trata de que los condicionamientos históricos, filosóficos y existenciales son diferentes. América Latina no tiene esa revolución profunda de la razón que se da en Europa a fines del siglo diecisiete y en el siglo dieciocho, y más bien se instala fundamentalmente sobre aspectos que tienen más que ver con la intuición, con la sensibilidad, con el instinto, con la imagen. Quizás eso podría explicar un poco nuestra realidad actual…

-No nos llegaron los efectos de la reforma, sino que, como decía Octavio Paz, más bien somos hijos de la contrarreforma…

Exactamente, pero, visto en otro aspecto la reforma cambia a Europa, menos a España, y España es el centro de la contrarreforma; luego la contrarreforma es proyectada por España más allá de sus muros en las sociedades coloniales… Pero yo planteaba esto originalmente desde un enfoque más filosófico: no nos llegó la revolución racionalista cartesiana, y, en este sentido, nos estructuramos sobre la base de intuiciones, sensibilidad, imágenes, desarrollando un arte extraordinario en todos los campos, pero marcando un vacío filosófico de pensamiento y de preponderancia de la razón, y esto debe también contemplarse en el campo histórico-político…

-¿Cómo afectan esos contrastes, contradicciones o anacronías nuestro funcionamiento político?

Yo formularía nuestro funcionamiento político en dos o tres hipótesis de trabajo filosófico. Uno: las instituciones del derecho público europeo que surgen a raíz de las revoluciones, sobre todo la inglesa en la segunda mitad del siglo diecisiete, y la francesa de 1789, son una expresión, en el campo de la política y del derecho, de la revolución filosófica del racionalismo cartesiano, de Hume, de Kant y de todos los filósofos que hemos mencionado.

Esto significa que, de alguna forma, el derecho es la última etapa de un proceso de transformación filosófica, social e histórica de la sociedad europea, al extremo que se viene a conceptualizar una nueva teoría del poder, limitado al derecho. El poder es lo que el derecho dice que es el poder, el derecho es un sistema de límites al poder, la institución es la causa y el cauce del poder.

Entonces, lo que ocurre aquí es que la clase ilustrada que consigue la independencia de España no asume de manera plena el poder, sino que lo asume la oligarquía terrateniente, los criollos, que tienen el interés fundamental de obtener los beneficios que tenían los peninsulares como entidad colonial que dominaba a estas sociedades… Entonces se produce un fenómeno que yo me atrevo a plantear en esta otra hipótesis: el nacimiento político de las repúblicas latinoamericanas y de nuestros Estados Naciones, se produjo sobre la base de un engaño. Quien toma el poder al momento de la independencia no asume el reto de combatir las ideas que se oponen a esta forma de estructuración social, y las adopta.

En un momento dado la clase dominante, libero-conservadora, pero principalmente conservadora (los criollos terratenientes), adopta el constitucionalismo francés (de la constitución de 1791), también parte del inglés y del norteamericano, y establece el principio de la separación de poderes, el principio de la subordinación del poder a la Ley, el principio de la jerarquía de la norma jurídica, el principio de la institución como depositaria y originaria del poder; el principio de que el poder no está encargado sino que es lo que la voluntad general quiere que sea… En fin, asumen todos estos principios que marcan la expresión de la modernidad europea, la expresión en el derecho y en la política de la revolución cartesiana, y los montan sobre una sociedad a la que en ningún momento pretenden cambiar…

-Mantener el estado de cosas…

Sí, el estado de cosas… Por eso producen deliberadamente una sociedad esquizoide, como la llama Carlos Fuentes, dividida entre el mundo formal del derecho y el mundo real de la política y la economía. La intención es adoptar una declaración constitucional moderna, en contraste con la emergencia de la figura del caudillo, que encarna el poder, y de una cultura crepuscular sobre las instituciones en donde, no sólo el caudillo, y no sólo el poder, sino la sociedad en general, la base de esta pirámide, se acostumbra a ver la Ley simplemente como un instrumento retórico, así como el poder la ve como un instrumento en sus manos para legitimar sus acciones de facto…

-¿Cree que Latinoamérica se ha encaminado muy tarde en el derrotero de la democracia, o es que, como usted mismo apunta, los conceptos básicos de la democracia están de hecho fracturados?

Algo de las dos cosas… Pero yo no creo que América Latina haya enrumbado muy tarde en la democracia, es decir, la historia llega en el momento que llega. Para mí el punto medular para que podamos superar la proyección del caudillo, del hombre que está por encima de la ley o que habla en nombre de la ley, el que violenta la institucionalidad, es hacer conciencia, promover la educación en estos temas en la sociedad; porque los caudillos existen no sólo porque hay gente con ambiciones irrefrenables de poder, sino porque hay una sociedad que los produce; son una forma de expresión, son su propia producción…

Hay caudillismo no porque hay caudillos, sino que hay caudillos porque hay una sociedad que los produce y que, inclusive, en determinado momento los pide. Mi enfoque sobre este punto que me planteas es que el esfuerzo no sólo debe estar en circundar de límites legales al caudillo, sino también en transformar la sociedad a un grado tal en que el caudillismo ya no sea la expresión necesaria de su propia producción histórica-política…

-En el primer volumen de sus Obras, además de los escritos filosóficos y políticos, usted incluye escritos sobre Arte y Literatura. En este segundo volumen, además de continuar con los temas filosóficos y políticos en el marco del debate contemporáneo, ha incluido el tema de la Ética y teoría de los valores… Si, como usted dice, el arte nos da lo que la realidad nos niega, ¿podríamos considerar el arte como un refugio ético o como una búsqueda más libre del conocimiento del ser?

Yo creo que es un poco de todo. Creo que el arte es una búsqueda del ser, creo que el arte no es una evasión de la realidad sino la construcción de una realidad alternativa; creo que el ser humano no es sólo una máquina de pensar, tampoco es un ente nada más instintivo, intuitivo… Uno de los aspectos de esta esquizofrenia de dividir las cosas: o todo razón o todo pasión; o todo es lógica o todo es instinto, nos ha llevado a este profundo desgarramiento del ser humano en el mundo. A mí me parece que el arte es la expresión de un aspecto de la vida humana, de una búsqueda de la identidad propia del ser humano, de la construcción de un mundo que trasciende la propia realidad…

El ser humano, ese animal metafísico, como lo llamaba, creo que Ortega y Gasset, es mitad zoología y mitad metafísica, es decir, un ser finito con ansias de infinito, un ser material pero con condiciones de espiritualidad; busca en el arte la complementación de lo que la vida material o lo que su propia circunstancia no le puede dar, o que definitivamente le niega.

El arte me parece como una expresión profunda de la identidad del ser y de la búsqueda de ese ser que no siempre está dado así, de una vez por todas, sino que se está dando constantemente, para usar la frase de Heidegger, que decía “el ser no es, acontece”. Y eso puede surgir de diferentes formas, en la búsqueda del pensamiento racional, en la acción y en la construcción también de un mundo de sensibilidad y de arte…

-¿Pero como refugio ético…?

Yo creo que el ser humano es constitutivamente ético, actúa dentro de un marco ético, sea que acepte determinados valores o que los rechace, sea que los cumpla o que los transgreda, pero no existe fuera del Ethos, porque ética viene de Ethos significa el conjunto de valores y principios que en un momento dado rigen una sociedad determinada. Entonces, si asumimos que el ser humano es un ser social, el animal político del que habló Aristóteles hace dos mil quinientos años, entonces estamos asumiendo que es un ser ético, porque justamente la socialidad del individuo se reafirma en su contexto, inclusive, la individualidad del sujeto se afirma en su socialidad.

Un ejemplo de la literatura que ilustra bien esto es la novela Robinson Crusoe, de Daniel Defoe, en donde Robinson naufragado en una isla desierta se encuentra rodeado y empieza a interactuar con las entidades de la naturaleza, el mundo biológico, hasta que aparece un salvaje llamado Viernes al cual se propone enseñarle lo que todavía recuerda, y al educarlo se reeduca a sí mismo; es decir, la relación social permite que se constituya la identidad del ser y del sujeto.

-Lo que dice es que una sociedad formada en los valores del derecho y la democracia, por ejemplo, es menos proclive a las deformaciones a que desgraciadamente nosotros estamos acostumbrados…

Así es… Toda sociedad, para ser sociedad, tiene que ser ética, debe creer en algunos valores y defender esos valores. Pero por muy buenos que sean los valores que sustenten a esta sociedad, vemos como hay etapas de colapso moral, de derrumbe, no sólo de los aparatos políticos, sino derrumbes también de la condición moral y del rumbo del ser humano individual. Por tanto, la ética es fundamentalmente política, si entendemos la política como Polis, como la integración de lo individual, lo social y lo público. Toda sociedad necesita estar fundada sobre determinados valores éticos, toda sociedad necesita compartir algunos objetivos comunes para poder subsistir, porque la sociedad está compuesta de dos elementos: uno cuantitativo que es el grupo, y uno cualitativo que son los valores que ese grupo comparte…

-En este segundo volumen de sus Obras usted incluye sus escritos sobre la universidad ¿Cuál es su idea de una filosofía de la universidad latinoamericana?

A mí me parece que la universidad en América Latina ha tenido un peso específico fundamental en la historia de nuestros países. Yo me referiría básicamente a la Reforma de Córdoba, a través de la cual la universidad latinoamericana supera o trata de cambiar los patrones y los referentes de la universidad francesa, que es una universidad estrictamente de formación de profesionales, porque de alguna manera a encargado a los institutos de investigación, valga la redundancia, la investigación científica y el desarrollo de las ciencias y las artes.

Entonces, en América Latina, al producirse la Reforma de Córdoba se establece la idea de la universidad como conciencia crítica de la sociedad; se recupera en la misma universidad un concepto de co-participación, superando un concepto piramidal, de jerarquías, y se establece la participación de los estudiantes en el gobierno universitario, es decir, la participación de las asociaciones estudiantiles en los consejos facultativos y en los consejos universitarios, y se establece algo que quizás ha sido el eje más importante de todo esto, que es la autonomía universitaria, es decir, reconocerle a la universidad, al mismo tiempo que su participación en la dinámica de la sociedad y del Estado, su autonomía con respecto a las orientaciones en cuanto al tipo de educación el Estado puede dar; autonomía en lo docente, así como en lo financiero, al extremo de dotar a la universidad de una potestad para administrarse a sí misma en todos los órdenes: científicos, humanísticos, docentes, administrativos, etcétera. Creo que estos elementos han marcado la filosofía de la universidad latinoamericana desde 1927 hasta la fecha…

-¿Qué puede decirme acerca del orden con que está estructurado el contenido de estas Obras suyas que está editando Hispamer? Observo que no es precisamente un orden cronológico ni esquemático, sino que parece estar organizado alrededor de núcleos temáticos, o etapas, más que por fechas o cronologías...

Así es. En primer lugar la idea de organizar y publicar mis obras surge de varias personas que desde hace algún tiempo me han sugerido su recopilación, la organización de mi pensamiento, entre esas personas está mi esposa Giovanna que siempre ha estado interesada en darle una sistematicidad a mi obra, y también el Dr. Andrés Pérez Baltodano, que ha dedicado mucho tiempo al estudio de mi obra y que ha publicado un libro dedicado a ella, titulado El derecho a la esperanza (1999), y que en distintas ocasiones me habló de la conveniencia de hacerlo.

Luego, obviamente, esto se ha trabajado con un editor, Pablo Kraudy, quien se ha encargado de la lectura de todas las obras, para luego proponer su estructuración, su organización, su sistematización; y la editorial Hispamer que se encarga de su impresión y publicación, con el auspicio, en estos dos primeros volúmenes, del Consejo Nacional de Universidades. A todos ellos debo reconocer la participación y el apoyo en este esfuerzo…

En cuanto a lo que me planteabas del orden, en efecto, no ha sido un orden cronológico o bibliográfico, es decir, plantearse una reunión de textos de tal año a tal año, sino que el trabajo ha sido darle al conjunto de obras una coherencia temática, organizarlo por temas que están de alguna forma ubicados bajo determinados ejes conceptuales…

Esa idea implica el trabajo, por parte del editor, de leer los distintos libros que he publicado hasta el día de hoy, organizar los artículos publicados, las conferencias y prólogos, y luego él propone una estructuración determinada que generalmente tiene una coherencia inicial, pero también se trata de rastrear los temas de manera transversal, a lo largo de toda la obra que yo he escrito, y de esa forma se van organizando los diferentes temas o ejes temáticos, lo cual le da en general a la obra una coherencia…

-¿Cómo valora en términos generales este esfuerzo editorial?

En general este es un esfuerzo muy arduo y muy serio. Ahora estamos preparando el tercer volumen, que trata sobre el pensamiento y la filosofía en América Latina y Nicaragua; el cuarto volumen tentativamente está concebido para abarcar exclusivamente los temas del Derecho… Desde un punto de vista un poco más filosófico, más personal, la idea de este proyecto es contribuir a que se abra un camino y un espacio de manera más sistemática, más organizada, más coherente al aporte a la filosofía y al pensamiento desde el trabajo intelectual; es un intento de darle un peso específico a la filosofía, a la razón, al pensamiento, es decir, abrirles un camino y una posibilidad…