Por Nathalie Besse
Poeta nicaragüense reconocido, novelista y crítico nacido en 1961, Erick Aguirre es también periodista desde la adolescencia, hoy director del suplemento cultural de El Nuevo Diario, y miembro de la Academia Nicaragüense de la Lengua desde noviembre de 2009; es una figura respetada del mundo de las letras y de la cultura nicaragüenses.
En Un sol sobre Managua, dos jóvenes periodistas del diario La Noticia, Joaquín Medina y Carlos Vargas, evocan con otros personajes la Managua del pasado, la que existía antes de los terremotos devastadores de 1931 y 1972, la que resistió a la dictadura de Somoza que ordenó la masacre de la avenida Roosevelt en 1967 y el asesinato de Pedro Joaquín Chamorro en 1978, la que creyó y dejó de creer en la revolución sandinista. Asimismo, discuten sobre poetas, ideas e ideologías, reflexionando acerca de la cultura nacional.
La imagen de Managua que se desprende de todas esas conversaciones es la de una ciudad destruida demasiadas veces, desintegrada geográfica e identitariamente, una ciudad por lo demás desencantada por convulsiones que no sólo fueron telúricas sino también políticas, una ciudad que parece haber sufrido mil y una muertes y de la que uno puede preguntarse si sigue viva. En esa novela memorial, que bien podría titularse «Hacia la ciudad recobrada», Erick Aguirre sale en busca de Managua, del managua, de su identidad perdida, procurando reconstruir, por encima de las ruinas, un espacio de vida.
1- Entre terremotos y caos: una ciudad desintegrada
Un sol sobre Managua describe una ciudad que parece ya no existir, una ciudad destruida y vuelta a destruir, como si la geografía y la Historia se hubiesen encarnizado en Managua. Una geografía inhóspita, de «crueles y sórdidos paisajes» (31), la rodea y la constituye, sea ese «lago fecal» (255), que asocia un elemento tan purificador y fértil como el agua con lo sucio y malsano; sea el altivo y grandioso volcán Momotombo, « protagonista y testigo de seculares desgracias, de éxodos y cataclismos…» (31), lo cual hace eco a la frase «se repiten infinitamente las guerras, los terremotos, las erupciones volcánicas» (18), como si la muerte y la desgracia en Managua fuesen ley de Historia.
Es mediante la memoria de don Evenor Salinas, abuelo de Vargas —siendo este último una suerte de alter ego de Erick Aguirre— que tenemos informaciones acerca del terremoto de 1931 que arrasó la ciudad. Mientras ésta estaba muriéndose, los marines norteamericanos, que la “remataban” encendiendo el fuego, gritaban como si se tratase de una victoria: «“¡Managua finish, Managua finish!”» (55), es decir Managua muerta. De hecho, es la imagen de la putrefacción la que define la Managua posterremoto de 1931: «El cadáver de una ciudad que se descompone junto a su fosa abierta» (255). En 1972, se impondrá otra metáfora mortífera: la de las tinieblas.
23 de diciembre de 1972: otro sismo devastador hunde a Managua en la oscuridad. Valiéndose de la intertextualidad, Un sol sobre Managua se inspira en la obra de Pedro Joaquín Chamorro, Richter 7, para recordar lo que pareció ser la última noche de la ciudad, «una historia de horror» (63):
Después de una monstruosa convulsión de treinta segundos, Managua dejó de existir temporalmente. Las horas y los días que siguieron a esa agonía brutal, la misma defunción de la ciudad […] había desaparecido del mapa con tan espantosa celeridad. […] la destrucción, el incendio, el pillaje, el éxodo y la muerte de Managua (63).
Llama la atención el número de términos —el subrayado es nuestro— que anuncian la muerte definitiva de Managua. Asimismo, la narración nos ofrece una paronomasia elocuente: «El terremoto fue el te remato» (256); sin olvidar: «La frase “se acabó Managua”, empezó a decirse con profunda emoción […] y un espantoso sentimiento de que ya no había nada que hacer…» se apoderó de los supervivientes (71) precisamente sumidos en la nada —«en segundos, todo se había convertido en nada» (68), o bien «ya no quedaba nada… nada. Solo desolación y muerte…» (74)—. Los managuas se encontraron de nuevo sin puntos de referencia, «desorientados» (57), postrados por el trauma después de aquella catástrofe también asimilada a un náufrago a juzgar por el título del capítulo «La ciudad a pique» (59), una ciudad que se ha hundido, que sólo es “restos” como sólo era en 1931 «escombros» o «ruinas».
La nada en la que el terremoto sumerge a la ciudad convoca la imagen del caos, de las tinieblas, es decir del mismo «infierno» (70), espacio del Mal por antonomasia: «la experiencia más angustiosa que un ser humano puede experimentar. La ruina, el fuego, las tinieblas, la sed, el hambre, el saqueo y el caos habían puesto sitio a la ciudad» (67). La enumeración amplifica la visión de horror a la que se suman colores significativos: «el sol se puso negro […] y la luna se volvió toda como de sangre» (64). Extinguida la vida, se ha ido la luz y parece que ya no hay sol sobre Managua, sólo el astro de la noche teñido de dolor, que ha perdido la blancura de la inocencia y tampoco puede alumbrar a la ciudad.
La frecuencia y la intensidad de los cataclismos que azotan a Managua superan cualquier racionalidad científica, sólo pueden depender de otras fuerzas, superiores, insondables, que enlazan la Historia incomprensible con el mito: ante esas tragedias cíclicas que suenan a condena, ante lo que parece ser un maldito sino, los managuas víctimas del infierno piensan en un castigo divino con términos como «ensayo de Juicio Final» o «Apocalipsis» (64-65) cuando el terremoto de 1972. «La ciudad tantas veces castigada y condenada a vivir en escombros…» (51) es por lo tanto una ciudad desmoronada, derribada, con gente “abatida”, que sobrevive entre las ruinas. En esa ciudad que se ha convertido en un gran cementerio, hasta los vivos «quedaron sepultados», están en parte muertos (16).
Los seísmos no sólo desintegraron el espacio de la ciudad —sus referencias geográficas, urbanas, arquitectónicas, históricas y de algún modo morales (46)— sino también su “alma”, la relación que los managuas tenían con ella, el sentido que ella tenía para ellos, dificultando así la adquisición de una identidad: bien se sabe cuán necesarios son los puntos de referencia, a nivel sicológico, para crecer y construirse; ahora bien, los managuas se hallaron de la noche a la mañana sin marco, extraviados, como huérfanos.
Aunque los managuas que sobrevivieron murieron un poco por dentro, se suele decir que el pueblo es inmortal, y se emprende la “reconstrucción” (94-95): pese a la muerte interior, el “espíritu del lugar” va a insuflarle a la comunidad todavía aturdida el soplo de vida, por más tenue que sea, que ésa necesita para seguir avanzando. Sin embargo, Pedro Joaquín Chamorro se interroga en Richter 7 «sobre la identidad de una ciudad construida “para mientras”, supuestamente transitoria» (156). De hecho, Managua conservará ese aspecto de ciudad «impermanente, fugaz» (156), como si fuese efímera, algo fantasmal, sin identidad perceptible —«ciudad fantasma que nunca muestra su rostro» —y que además de no tener semblante está «sin centro, descentrada» (256), es decir desprovista del punto vital, esencial, si no sagrado (según todas las mitologías), como un ser que no tendría corazón—.
Es como si no hubiese habido una verdadera reconstrucción y hubiese vencido la fragilidad, o como si una parte de la ciudad hubiese muerto definitivamente y la otra permaneciese en una convalescencia sin fin. La novela, que intenta comprender las raíces del problema, insiste en este aspecto: desde el segundo terremoto, «Managua vino creciendo “a la buena de Dios”, es decir, desparramada irregularmente alrededor de lo que fue su centro […] dando como resultado un verdadero infierno poblacional» (238). La ausencia de control y de estructura, da forma a una ciudad precisamente informe, descontrolada, desestructurada, que sigue siendo un caos después del terremoto.
No sin razón abundan en el texto los términos con el prefijo «des-», entre otros numerosos casos de “negatividad”, para traducir la destrucción, la desorientación, el descentramiento, la despersonificación, el desmembramiento —y como veremos más tarde el desconcierto, el desencanto—, a título de ejemplo: «Estamos integralmente descoyuntados» (47); esa imagen de dislocación no sorprende en una ciudad «fragmentada», y finalmente múltiple: «no hay una sola Managua, sino muchas…» (47). Esa ciudad desintegrada presenta un aspecto “estallado”, parece no tener la menor unidad; el “remiendo” (más que la reconstrucción) no ha logrado borrar las consecuencias del desmoronamiento: «la nueva y caótica urbanidad de Managua, en otra aborrecible, aberrante “época posterremoto”» (58). Tan infernal y absurda como después del sismo, Managua resulta ser una ciudad «fea» e «improvisada», no sólo desfigurada sino también privada de fundamentos y de sentido.
Ya antes del terremoto de 1972, esta Managua personificada había crecido de manera desordenada, desequilibrada: «Managua era una adolescente a la que los años forzaban a desarrollar, pero que crecía con el raquitismo crónico que engendran las privaciones y las enfermedades. Por el centro su abdomen era abultado. […] Pero sus extremidades cada vez más largas delataban su verdad» (65). A semejanza de los niños pobres y desnutridos del Tercer Mundo cuyo cuerpo revela las carencias, el cuerpo enfermo y deforme de Managua da a ver cierta miseria. Sabemos que la economía configura en parte la ciudad, y la autopsia de Managua con ese cuerpo monstruoso por su “disarmonía”, traiciona también, más allá de los cataclismos naturales, un disfuncionamiento social y económico.
Lejos del ideal de Campanella, o de otros utopistas, para quienes la utopía era una ciudad, Un sol sobre Managua no es La ciudad del sol. Para parodiar una frase famosa, Managua se halla tan lejos de Dios y tan cerca de los volcanes. Y de los Estados Unidos… Ya hemos evocado la presencia norteamericana con el terremoto de 1931; vuelve a aparecer en filigrana con la figura sobresaliente del dictador Somoza cuyo padre fue puesto al mando de la Guardia Nacional por el gigante del norte que siempre apoyó a la dinastía, abriendo así un capítulo de la Historia nicaragüense con otras “sacudidas”.
2- Una ciudad frente a la barbarie y la desolación del amanecer
Esa ciudad desolada por dos terremotos, fue también la capital de la dinastía Somoza —una «estirpe sangrienta», si se cree a Pedro Joaquín Chamorro—, otro desastre para el país, otro infierno también, el de la barbarie que sembró tanta oscuridad como las catástrofes precedentes. En la novela, se denuncian principalmente dos crímenes: por una parte, la masacre de la avenida Roosevelt el 22 de enero de 1967, descrita como una trampa —«encerrona de San Fermín» o «largo corredor de muerte» (262)— y con un término que revela el salvajismo de tal acto: «carnicería» (264); por otra parte el asesinato, el 10 de enero de 1978, del director de La Prensa y líder de la Unión Democrática de Liberación (UDL): el muy carismático Pedro Joaquín Chamorro.
En la aseveración «El asesinato ha conmocionado a la ciudadanía en general» (175), el verbo «conmocionar» que se suele usar cuando la gente está en estado de choque después de un cataclismo, relaciona al tirano con una catástrofe. Vienen a continuación términos bíblicos que sacralizan a Pedro Joaquín Chamorro y que, asimilándolo al héroe de los grandes mitos, defensor del Bien, convierten por consiguiente a Somoza en la Bestia, y su dictadura en el mismo Mal: «Su sangre salpica a toda Nicaragua» (177), «sangre redentora», de un «mártir», «héroe» (178).
Ese crimen desencadenó reacciones entre la población nicaragüense que se alió contra el tirano-asesino: cuando leemos que «Desde entonces el país nunca volvió a ser el mismo» (178), ya no se trata de una muerte “por dentro” como después de los terremotos sino al contrario de pulsiones de vida para iniciar o apoyar la lucha, aquélla que desembocó en la huida de Somoza y la entrada victoriosa de los muchachos en Managua el 19 de julio de 1979, fecha histórica del triunfo de la revolución sandinista.
Sin embargo, en la novela la revolución está asociada a su vez, como los terremotos o la dictadura, a la desolación, es decir a una forma de muerte, con el título del capítulo IV «Desolación del amanecer» (139), un amanecer que no canta sino que desencanta a la población, cansada de tantos muertos. En efecto, la revolución fue también por un lado las bombas y los incendios de la insurrección y «eso acabó por deteriorar la fisonomía urbana de Managua» (238); por otro lado la guerra con los contras y la nulidad de las cosechas provocaron «una multitudinaria y vertiginosa migración campesina hacia Managua» (238): entre 1989 y 1991 se levantaron más de 100 asientos irregulares, es decir que la integración de esa población sólo fue momentánea y careció de un sustento moral (239).
Aquel sueño que se convirtió en una pesadilla, devorando a sus propios hijos, se inscribe en el prolongamiento de esa Historia de sangre y desgracia que parece ensañarse, más allá de la ciudad, con el país entero. La Historia de Managua se da a leer en esta novela como la de un continuo aniquilamiento, catástrofe tras catástrofe, hecatombe tras hecatombe. Esta ciudad tantas veces en ruinas, como una ciudad muerta, que es una negación de la ciudad, ¿no será la ilustración de una “no-ciudad”?, de un «lugar que no es» o que sólo puede ser distopía, es decir un topos problemático.
De ahí la dificultad para representarse la ciudad, y la búsqueda de los protagonistas: ¿qué representaciones de la ciudad se pueden construir a partir de una cuidad “venida abajo”? ¿Cómo vivir en ella y “vivirla”, cómo integrarse en ella e “integrarla”? No sorprende leer, en tal contexto, que en esa no-ciudad falta de puntos de referencia y de valores, sin columna vertebral a nivel espacial y sin sentido afectivo, el managua no puede ser él mismo, y se vuelve autodestructivo:
el managua de hoy es un ser sin identidad, que anda en busca de algo que le dé a su hábitat una estructura corporal de verdadera ciudad, una estructura sentimental, histórica, filosófica. Pero como no la encuentra se siente frustrado, y descarga su frustración contra sí mismo en forma de bromas negras y chistes crueles (48).
son reflejos atroces de una identidad que apenas atisba, en sus intentos de definición, los rasgos sadomasoquistas y marrulleros de un managua […] lleno de humor inagotable. El managua es el más típico de los nicaragüenses, el que se ríe de su desgracia» (49).
En este país «plagado de injusticias» (25) y de terribles desgracias, el managua recuerda siempre riendo los episodios tristes de su vida (177). Tal autoirrisión aparece como un sistema de protección para distanciarse del dolor, como bien mostró el filósofo Bergson al afirmar que la risa es una anestesia momentánea del corazón. La exageración de los gestos cuando se expresa el managua por definición «muequista» tiene el mismo sentido: «para espantar la tristeza que nos causa el vacío de nuestra existencia» (314). Ante la nada, ante el no-sentido, la hipérbole aparece como un conjuro: el managua se refugia en el exceso de gestos y movimientos, como para llenar el vacío que lo rodea.
La novela, si bien se centra en “circunstancias atenuantes” tales como los caprichos devastadores de la naturaleza o el peso de una Historia injusta, propone una (auto)crítica severa del managua que resulta de aquellos sufrimientos: «Heredamos cruelmente todo un sistema de cosas que nos vuelven casi por completo improductivos, agresivos, hipócritamente solemnes o payasos o yoquepierdistas », con un sentido de la ironía, y una «¿agresiva inocencia o inocente agresividad?» (314). Agresividad e irresponsabilidad ante los propios deberes se destacan de este retrato poco elogioso en el que aflora paradójicamente la empatía del narrador. Quizá porque el managua es ante todo víctima de sí mismo después de haber sido víctima de contextos terribles, independientes de su voluntad.
Ese managua que ha perdido tanto, resulta un perdedor que en vez de buscar fortuna por el mundo, prefiere quedarse en su no-ciudad: es un «perdedor nato […] él prefiere dedicarse a la sórdida y frenética costumbre de vivir aquí, en esta mierda de ciudad que se llama Managua…» (50), porque es su ciudad. Si estar en Managua significa perder, Managua es el lugar de la pérdida y/o de la perdición: en Managua todo se pierde, «como siempre se pierde Managua después de cada terremoto, después de cada aluvión, después de cada guerra…» (240).
Hablar de la ciudad es interrogarse sobre la sociedad que es su alma y de la que es el alma también en un círculo virtuoso que hace que cada una influye en la otra; la evolución de una ciudad refleja la evolución de sus ciudadanos, las diferentes etapas de su conciencia. Se describe la ciudad raras veces sólo en sí misma o por ella misma, es casi siempre algo más: el signo o la materialización del fracaso o del triunfo de una sociedad, de las contradicciones sociales y de la toma de conciencia de sus habitantes.
En Un sol sobre Managua, como en otras muchas novelas, particularmente del periodo post-utópico, el aspecto degradado de la ciudad es una expresión de la crisis social y ética de la sociedad actual: la derelicción “física” de la ciudad delata la derelicción “espiritual” de sus ciudadanos, revelando así un doble caos. Esa voluntad denunciadora tiene que ver a menudo con la nostalgia de otros tiempos, supuestamente mejores, tiempos de antes del desastre, como tales idílicos, cuando no míticos. Como observa Villalobos, la ciudad latinoamericana ya no es un espacio mítico sino un espacio decadente que así cuestiona las diversas posiciones ideológicas —e idealizadas— de tiempos anteriores. Cuando impera una visión negativa, la novela diseña un lugar del desencanto.
3- Ante la muerte de las utopías, una ciudad desencantada
En una ciudad muerta, la muerte se extiende a lo “social”, cultural y político. Ya no hay grandes sueños ni grandes verdades que valgan, ya no hay esperanza ni sentido en nombre de los cuales avanzar hacia el futuro. Los managuas, con la muerte en el alma, son presas del desconcierto, por no hablar de la apatía de la juventud, de un verdadero problema de “identidad política” para toda una generación después de tantos fracasos y tantas defraudaciones.
La mitificación inicial de la revolución, y con ella la deificación de los líderes guerrilleros (242), dejó lugar a la desilusión ante el dogmatismo y la fe ciega de los nuevos dirigentes: «catecismo estalinista» (21) o «“shaolines”, estalinistas de pacotilla» (243) denuncian, no sin ironía, un credo rígido y falaz. Es de observar que no está escrito «marxista», —que remite a una ideología o a ciertos valores, por ejemplo de igualdad, no culpables en sí— sino «estalinista», una referencia directa a Stalin que, a semejanza de Hitler, fue responsable de millones de muertes y cuya actuación en la Historia viene asociada en última instancia con un caso pernicioso de inhumanidad que no dice su nombre. Explícita o implícitamente, la revolución también está relacionada con la muerte, si no con un infierno.
La novela no sólo dirige sus críticas contra derivas estalinistas sino también contra cierta democracia, ésa que instrumentalizan los sandinistas —que a juicio de Carlos usan la democracia como una máscara (294)—; sin olvidar la democracia en sí que puede ser vista como una forma de injusticia, puesto que legitima mediante elecciones la dominación de unos sobre los demás (294). En cuanto a los sandinistas renovadores que siguen a Sergio Ramírez, representan el neoliberalismo según un personaje (269).
Vemos que en un periodo post-utópico, la gente ya no cree en nada, desconfía de todos y de todo. Aquí la desilusión rima con la desolación, la del amanecer, con una proximidad fonética que traduce una sinonimia.
La desilusión de Carlos, que tiene que ver esencialmente con los años 70 y 80 y la ausencia de justicia social, es la visión de un «sobreviviente» —término éste que hace de la revolución un sueño arruinado, muerto—, con una profunda «sensación de derrota» (241). Esta última palabra es fundamental para comprender el estado de ánimo de toda una generación no sólo de managuas sino más ampliamente de nicas: la incertidumbre y la inestabilidad de Carlos reflejan «la inseguridad típica de un nicaragüense nacido en los sesenta y formado intelectualmente en los ochenta» (26), de esos jóvenes que son «la mejor imagen de esa derrota» porque han luchado con convicción por defender la revolución y se quedan de repente sin asideros (244), sin rumbo ni puntos de referencia a los que aferrarse, en los que creer.
La indiferencia, que es una forma de muerte —de no reacción o reactividad ante la vida—, es un fenómeno generalizado en la generación de los protagonistas y en aquella que nació en el transcurso de la guerra, es decir la del 90, cuyas expectativas quedan insatisfechas, y que permanece muy perpleja con respecto al futuro, hasta el punto de poner énfasis en el desarrollo estrictamente personal (247-248). Ese desconcierto y «creciente desprestigio de la política» (292) crea una mentalidad particular: «¡He aquí, señores, la época de los yuppies. Apolíticos, escépticos, pragmáticos, tecnologizados y respetuosos de la religión!» (283). Pero la época engendrada por la ruina de las creencias políticas y la aparente ausencia de remedio a los males sociales es también, de manera más dramática, la del «Alcohol y Desencanto» (281).
La generación de los 25-35 años, que es la de Carlos, son «medio-hombres-medio-adolescentes, con un caos en la cabeza» (291) que remite al caos de la ciudad pero también de la Historia del país: a consecuencia de este contexto letal y fatal se produce una desintegración insidiosa de la mente, tan fragmentada en definitiva como la ciudad varias veces destruida. En Managua, ciudad transitoria, deconstruida, moran seres híbridos que no logran ser o llegar a ser, que permanecen en un “entre-dos”, como interrumpidos en su desarrollo.
Pese a tales desgracias y escollos, Carlos considera, como la mayoría de los que participaron en aquel proyecto grandioso que fue la revolución, que «siempre valdrá la pena haber vivido la experiencia» (241). ¿Fue la revolución un error que había que cometer, una de esas equivocaciones que “aleccionan” a la gente?, empezando por enseñarle a deshacerse de la ingenuidad, a comprender que cada acto tiene sus consecuencias y a aceptar el peso de la realidad. Al respecto, un profesor opina que las guerras han sido instructivas en cierto modo: han mostrado que la paz social es inútil si permanece la injusticia social (291) porque las desigualdades generan conflictos cuando no la violencia; la muerte de Carlos, acuchillado por un ladrón, será un triste ejemplo de ese otro caos social ya no debido a erupciones sino a un contexto desfavorable después de las mayores desilusiones.
El final de Un sol sobre Managua se concentra en esa “oscuridad social”, esa pobreza y ese abandono que son los gérmenes de la violencia: esos «oscuros rincones del barrio», ese «laberinto sucio y enrevesado en la penumbra de Managua», con «niños sucios», «sábanas sucias» (304), y todo un campo léxico de la negrura que no deja el menor espacio a la luz del título de la novela; al contrario, en las últimas páginas se puede leer: «sobre el cadáver de Managua, moría otra vez el crepúsculo» (303), y otra vez las tinieblas, invictas. ¿Qué sol brilla sobre Managua?...
El mismo “agujero negro” parece haber tragado el interés por la cultura: la novela no sólo repara en la indiferencia y la pérdida de puntos de referencia frente a la política sino también frente a la cultura, proponiendo una relación causa-efecto: la pérdida de pasión por la crítica literaria tiene que ver con la pérdida de pasión por la crítica política, según Carlos que observa por otro lado: «Desde hace treinta años vivimos en un ambiente de polarización política que no deja espacio para la universalidad de la cultura» (102). Los nicaragüenses no se abren al mundo, permanecen en su propio universo. El problema de la identidad también existe a nivel cultural, y la novela se interesa por la poesía nacional, aludiendo o citando a muchos poetas famosos, y formulando una reflexión acerca de la función del poeta.
Hoy, los poetas ya no escriben grandes poemas paradigmáticos como el Canto General de Neruda o el Canto Nacional de Cardenal para salvarse (104), no necesitan de grandes mitos o de una unidad que significaría una misma verdad cuando en realidad todo es múltiple. Pero si el compromiso del poeta ya no es el mismo, permanece la idea de una misión crítica como un imperativo moral: el poeta debe dejar «un testimonio “adicional” de su paso por la tierra» (105), sobre la cultura por supuesto y la revolución tecnológica, pero también sobre los errores de cada gobierno, o la ideología en sí misma totalizadora y dogmática; en una palabra, debe cuestionar el mundo.
La novela aborda el problema del lugar del escritor en la sociedad nicaragüense que le profesa una «silenciosa hostilidad» (312), a lo cual hay que añadir dos peligros del creador: el resentimiento y la auto-satisfacción (311). Entre la amargura y la vanidad, parece plantearse la disyuntiva de ¿escribir o no escribir? que recuerda la cuestión shakespeariana del «ser o no ser», puesto que para un escritor escribir no es nada menos que existir, la escritura se convierte en una razón de ser. Si Carlos no supo escapar de esas trampas y se mostró egoísta, presumido, neurótico con la escritura y fracasado en amor, sus imperfecciones sirven sobre todo para criticar el escarnio y la desconsideración de sus colegas tras su fallecimiento (310).
Por más cínico que fuese Carlos —algo que no debe sorprender en la era del desencanto— supo ser «autocuestionado» (313), supo dudar, incluso de sí mismo. En la obra de Erick Aguirre, la duda tiene un sentido particular e implicaciones esenciales, como podemos leer en Con sangre de hermanos: «Porque la duda […] es la mayor señal de inteligencia en el ser humano» (306). La duda es indisociable de un buen juicio, pero también —y es lo primordial— es una condición sine qua non de libertad y de humanidad, de altruismo auténtico: frente a los postulados y las convicciones que son como prisiones, frente a cualquier sistema ideológico o intelectual que ahoga la libertad de pensamiento, encierra en una racionalidad deshumanizada y obstaculiza la relación con el otro, dudar, rehusar cualquier verdad de hecho, es permanecer abierto.
Ya pudimos mostrar en otro trabajo que la crítica o el debate en las novelas de Erick Aguirre enarbola menos la bandera de la rebelión que la de la tolerancia. Después de tantas divisiones, de tanta sangre desparramada por ideas que fueron mentiras, y más allá de la multiplicidad de los puntos de vista, sus novelas parecen abogar implícitamente por una “hermandad”, una fraternidad, porque todos los nicas tienen la misma sangre como bien reza el título Con sangre de hermanos, y porque todos los managuas comparten la historia de una misma ciudad, “perdida”, y que hay que “recobrar” para recobrar una identidad, un sentido. ¿Una paz interior?
4- Hacia la ciudad recobrada
Erick Aguirre sale en busca de la ciudad perdida mediante Carlos Vargas nacido como él en agosto de 1961 en Managua (23), periodista en La Prensa y Barricada (27), «obsesionado con la duda como concepto» (29), y cuyo padre lleva el mismo nombre que el del autor (53). La memoria y la escritura se ponen al servicio de ese “viaje” proustiano emprendido por el autor para recobrar la ciudad perdida, hacerla revivir: «lo único que queda es el recuerdo» (61) si se cree el último verso de un poema de P.R. Gutiérrez, y con él la posibilidad de recuperar el pasado, la Managua de antes del terremoto, «en su integralidad» (237), palabra ésta que sobreentiende una amputación.
De hecho, está llena de “agujeros” o de vacíos, por los barrios destruidos, los espacios desaparecidos, lo que dificulta singularmente la reconstrucción memorial y sicológica: «la memoria, la historia, los recuerdos, son personas, sitios, referencias. Nada puede desarrollarse naturalmente en el vacío» (58); contra la nada, el recuerdo restablece al ser porque un ser es también sus recuerdos: «recuerdo, luego soy» podríamos decir inspirándonos en el filósofo. Nuestros recuerdos nos hacen, nuestro pasado nos hace, de ahí la necesidad de conocerlo, integrarlo, apropiárselo.
Para ello, la palabra resulta imprescindible: esclarece, apacigua, ¿cura? También en la novela Con sangre de hermanos se le atribuye una función de contrapoder ético contra el poder político, y parece que podríamos aplicar la cita siguiente al poder de la palabra-recuerdo contra el poder del olvido:
contar es una manera de revertir la impotencia. […] Y el único recurso con que ahora contamos es la palabra. El poder de la palabra es el único que nos resguarda del otro poder, de su dominio, de su control. Por eso ahora hay que contarlo todo (12-13).
La novela se vale de varios testimonios, se apoya en la multiperspectividad y la polifonía para reconstituir la Historia y la identidad de Managua; al respecto, unos «Agradecimientos» cierran la novela, entre los cuales figura el padre de Erick Aguirre y su abuelo, personas de carne y hueso y no personajes de papel, cuya herencia más entrañable es precisamente esa «herencia de amor a la ciudad y a su historia» (319).
Otro punto decisivo en la investigación del pasado es remontarse a la historia más inmemorial con el origen de los nombres, su etimología, es decir su sentido y con él señas de identidad: recobrar el sentido primario de las cosas y, siguiendo ese hilo en el laberinto y los recovecos de la Historia, comprender la coherencia del pasado como relato que tiene su lógica interna:
el nombre original de esta ciudad era Man-a-hua […], “Agua grande encerrada”, “gran agua cercada”. Era el nombre común del pequeño gran lago, consagrado al Gemelo Menor Xolotl (Xolotlán), hermano de Coapol (Cocibolca), la pareja mítica más importante del panteón nahua nicaragüense. […] los nahuas fundaron la ciudad de Managua (30).
La búsqueda del origen suele conducir a los limbos del tiempo, a aquel tiempo “a-histórico” que colinda con el mito. Aquí la evocación de Xolotl, el dios psicopompa con cabeza de perro que guía a los muertos al más allá hasta Mictlán, nos adentra en la mitología nahua que regía la vida cotidiana de los antepasados de los managuas. Preguntarse quiénes somos es preguntarse también quiénes fueron nuestros ascendientes, es sondear la pre-historia de la que necesariamente procede cada uno, como las diferentes ramas de un tronco común: contra el vacío y la nada, erigir el “árbol”, es decir el sentido porque lo que tiene una historia, y una coherencia, permanece de pie o por lo menos puede alzarse de nuevo. Pese a las ruinas de esa ciudad entre la vida y la muerte, como en una especie de “coma” eterno, y a la que hay que reanimar, queda la esperanza.
Managua merece ser salvada de las cenizas, merece esa forma de rehabilitación, por más fea que sea: «Managua no existe y es real. Una capital inhabitable y sin embargo, destino final de casi dos millones de almas desempleadas o burocráticas […]. Fea antes, horrible después y peor ahora. Temblando siempre. La ciudad más fea de América» (257). Difícilmente se puede describir una ciudad con más negatividad: prefijos, adjetivos, superlativos, gradaciones, todo conspira en estas frases para hacer de Managua una vez más una “anti-ciudad”.
No obstante, más allá de tal retrato —o por ello—, los managuas de corazón sienten una profunda nostalgia que se explica sencillamente por la “pertenencia”, el lazo afectivo que recuerda las relaciones filiales: «Añoranza de lo que amamos porque simplemente es nuestro o fue nuestro» (257) —esa nostalgia abarca por lo demás una Historia nacional “extra-ordinaria”, de complot y de esperanza, que euforizó a todo un pueblo y ya no volverá a suceder—; y cuando el poeta Calero dice que se maltrata de palabra lo que más se quiere y que él tampoco jamás la abandonaría (52), ¿cómo no pensar en una relación madre-hijo o padre-hija? puesto que si ellos emanan de ella, ella también emana de ellos. La ciudad, como la patria, es la creadora y la creación de sus ciudadanos, su crisol y su criatura.
Se puede “entrar en relación” con la ciudad porque es un discurso, es un lenguaje: comunica silenciosamente con sus moradores; la ciudad les habla a sus habitantes, y sus habitantes le hablan a la ciudad, habitándola, recorriéndola, o sólo mirándola. En ella, en sus calles y sus muros, se puede “leer” la historia de sus residentes porque cada uno es la memoria del otro: la ciudad es representativa de lo que son y ellos de lo que es, como un espejo mutuo. Gracias a ese discurso y esa comunicación impalpable, la ciudad tiene sentido. No sólo es un espacio geográfico sino también un espacio relacional, el espacio de una comunidad, un lugar de vida. Por más omnipresente que parezca la muerte en Un sol sobre Managua, el recorrido nocturno de los dos periodistas con el poeta Raúl Calero, por bares y cantinas —espacios de socialidad y de disfrute, es decir espacios vivos— que es un recorrido tan espacial como temporal, cargado de memoria, permite recuperar esa riqueza inmaterial.
La ciudad es un hecho simbólico, cultural, antropológico (Lamizet: 6) que no sólo se describe como una mera realidad material concreta, sino que existe como “entidad” indisociable de las almas que la componen. Abraham Moles bien mostró cómo el espacio existe en función del que lo observa, y por lo que lo llena (11), cómo no es neutro sino que se revela fuente y causa de comportamientos (20).
En Un sol sobre Managua, vemos cómo los personajes perciben o aprehenden su espacio: no se trata en absoluto de una observación “racional” que reduciría la ciudad a un espacio geográfico o geométrico, sino de una aproximación “subjetiva” que se asume como tal, en la que el sujeto experimenta su relación con el espacio porque la búsqueda proustiana es emocional, incluso sensitiva. Es así como hacen existir a la ciudad, percibiéndola no como un espacio objetivo y sin alma sino como su lugar en esta tierra, un espacio subjetivo y afectivo del que son el centro y al que “experimentan” con sus propios sentimientos y sensaciones, un espacio por lo tanto vivo, que vive gracias a ellos y al vínculo que establecen con él.
La búsqueda del pasado de Managua debe propiciar la construcción del futuro, puesto que si «La búsqueda de un futuro termina con la conquista de un pasado, un pasado reinventado» según el criterio de Octavio Paz (21), la búsqueda del pasado favorece a su vez la elaboración del futuro. Podemos pensar que la indagación de los personajes que recorren la ciudad como en busca de su intimidad o de su secreto, quiere contestar a la pregunta: ¿Quién es Managua? para responder mejor a la búsqueda no sólo identitaria sino también existencial «¿Quiénes somos los managuas?», lo cual contiene sin duda a su vez el interrogante de Erick Aguirre, como la de cada uno de los managuas: «Quién soy yo»? Uno es también en función de su contexto, de una historia colectiva que lo supera y contiene: de la construcción colectiva a la construcción individual, no se puede hacer caso omiso de la influencia del entorno sociocultural, del espacio y de su historia.
En este relato autorreferencial en el que managuas nostálgicos “dicen” su ciudad, el narrador que la “escribe” se pregunta qué le impulsó a redactar esa historia (313) —con un verbo que revela una pulsión, otra vez la vida contra la muerte— y explica en las últimas líneas de la novela: «Yo por ejemplo me puse a escribir esta historia porque me mantenía cerca de la poesía, de mis libros. Mientras llegaba el momento de sumergirme plenamente en ella, entre ellos; con las mismas palabras, las mismas emociones y los mismos sufrimientos. Pero al desnudo» (314). Escribir sin tapujos ni mentiras, “tal cual”: el excipit de Con sangre de hermanos revelará la misma sinceridad y la misma humildad. La referencia a la desnudez es una exigencia de pureza y de honestidad; esa desnudez no es fragilidad, es la fuerza de la integridad.
Entre el cuerpo herido de Managua y el cuerpo “íntegro” de un «yo» narrativo en el que podemos reconocer a Erick Aguirre, se establece una “transfusión” de fuerza por así decirlo. La escritura es aquí cuerpo a cuerpo. Es un lazo sensorial y corporal —¿erótico?—, un lazo de carne, el que lo une a la ciudad amada, esa ciudad que él tiene bajo la piel, metida en el cuerpo. ¿Como aquel otro poeta que en el corazón tenía la espina de una pasión?
Si el sol es un símbolo de vida y de felicidad, el “sol sobre Managua” no dispensa la luz sino la oscuridad de la muerte y la desgracia. El desfase patente que existe entre el título de la novela y su contenido puede encerrar una ironía que denuncia la ausencia metafórica de sol sobre Managua; o puede reflejar la esperanza de un sol que algún día ahuyente las tinieblas. A no ser que ese sol exista ya, difractado en esos managuas que, como otros tantos rayos, hacen revivir la ciudad en sus recuerdos y sus escritos, y representan así una luz en la noche. Puede no haber sol sobre Managua, los hay que velan por ella como múltiples soles, “soles de justicia”, cuyo amor a la ciudad y cuya lucha por darle vida son otras tantas promesas de que un día Managua renacerá verdaderamente de sus cenizas.
Nathalie BESSE
Universidad de Estrasburgo (Francia)
Bibliografía:
AGUIRRE Erick, 1998, Un sol sobre Managua, Managua, Editorial Hispamer.
-----------------, 2001, La espuma sucia del río: sandinismo y transición política en Nicaragua, Managua, CIRA.
-----------------, 2002, Con sangre de hermanos, Managua, Anamá Ediciones.
-----------------, 2005, Subversión de la memoria. Tendencias en la narrativa de postguerra, Managua, Centro Nicaragüense de Escritores.
-----------------, Blog : http://erickaguirre.blogspot.com/
BESSE Nathalie, « Con sangre de hermanos d’Erick Aguirre : une Histoire du mal politique au Nicaragua ». Coloquio Internacional del C.H.E.R., Universidad de Estrasburgo, 18-19 de noviembre de 2010, organizado por Nathalie Besse, reCHERches n°6, primavera 2011, p. 101-111.
LAMIZET Bernard, SANSON Pascal, 1997, Les langages de la ville, Paris, Éditions Parenthèses.
MOLES Abraham, ROHMER Élisabeth, 1998, Psychosociologie de l’espace, Paris, L’Harmattan.
REMY Jean, VOYE Liliane, 1992, La ville : vers une nouvelle définition, Paris, L’Harmattan.
VILLALOBOS Carlos Manuel, «Castígame con tus deseos. Los umbrales de Managua en la novelística de Aguirre y Galich», in InterSedes: Revista de las Sedes Regionales, año/vol. IV, n°6, Universidad de Costa Rica, Ciudad Universitaria Carlos Monge Alfaro, Costa Rica, pp. 125-133.
Villes et nations en Amérique latine, 1983, Paris, Maison des pays ibériques, Éditions du CNRS.
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