Sunday, March 13, 2011

Merecido homenaje


Una antología y un Festival de Poesía en honor de la escritora Claribel Alegría



No resulta extraño que para inicios del siglo XX, en el movimiento de vanguardia poética nicaragüense no destacara ninguna voz femenina, aunque muy poco tiempo después de iniciada la renovación estética vanguardista, un par de mujeres desarrollarían poéticas ya muy alejadas de la retórica decimonónica o modernista.

María Teresa Sánchez (1918-1994), según Ernesto Cardenal, “la primera mujer de letras en Nicaragua”, se reveló a finales de los años 40 con una poesía cargada de un constante tono místico, desarrollado en una versificación limpia y bien estructurada, desde la que se escudriñan e interrogan los orígenes particulares del dolor, la tristeza y la soledad humanas.

Por otra parte, a pesar de ser contemporánea de María Teresa, la leonesa Mariana Sansón Argüello (1918-2002) dio a conocer su obra hasta finales de los años 50, logrando una generosa recepción crítica a partir de los 60, por lo cual se le considera una voz poética “descubierta y asumida tardíamente”. Sus poemas, como los de Sánchez, son breves, casi epigramáticos, pero impregnados de cierto misterio y con una factura diríase que surrealista.

Un poco alejada de ellas en el tiempo y en ciertos aspectos de su temática poética, Claribel Alegría (1924) está más cerca generacionalmente de la gran eclosión de poetas contestatarios de los años 60 en Nicaragua, y a pesar de su limpio lirismo, al igual que Cardenal preconizaría la irrupción de una temática política enérgica y radical en contra de los sistemas de opresión entonces vigentes en Centroamérica.

Bautizada literariamente por el intelectual mexicano José Vasconcelos, Claribel fue amiga del polígrafo, también mexicano, Alfonso Reyes, y discípula del poeta español Juan Ramón Jiménez (Premio Nobel de Literatura en 1956), con quien estudió arduamente mientras ambos residieron en la capital estadounidense, cuando la autora laboraba como traductora en la Unión Panamericana, después llamada Organización de Estados Americanos (OEA).

Nacida en Estelí, Nicaragua, pero adoptada nacionalmente por El Salvador, Claribel Alegría publicó en 1948 su primer libro de poesía, “Anillo de silencio”, al que le seguiría una vasta y prolífica obra poética de múltiples búsquedas y tonos.

Pese a que su sensibilidad poética explora con sencillez y belleza los temas íntimos y personales del individuo (el amor, la soledad, la felicidad, el dolor), en su obra aparecen y reaparecen permanentemente otros temas recurrentes que atañen a la historia, reciente y profunda, de Centroamérica, así como a los diversos y dramáticos contextos políticos latinoamericanos.

Con un aparentemente inofensivo tono conversacional, lleno de arrebatos líricos y metáforas felices, su poesía frecuentemente destila una meditada, ácida y no pocas veces sarcástica perspectiva crítica contra las seculares formas de dominación social, cultural y política en Centroamérica, además de una tendencia constante a la desacralización de mitos y estereotipos que a la larga refuerzan, y en los que por lo general se apoyan, esas formas de dominación.

Elogiada y ampliamente reconocida a través de premios internacionales, múltiples antologías y estudios críticos y académicos, la poética de Claribel ha devenido en los últimos años en una profunda maduración de su perspectiva del mundo, de la vida, del tiempo, de la historia y de sí misma, conservando intacta su frescura lírica pero llevando su tono poético hacia una mesura y un dominio del ritmo y del lenguaje propios de una verdadera maestra de la poesía.

Auténtica dueña del don poético, de esa sensibilidad, diríase metafísica, que la hace sentir espontáneamente las cosas más allá de la mera racionalidad con que las distingue la lógica; portadora inobjetable de ese poder de imaginación capaz de aprehender los trasfondos claroscuros del espíritu, más allá del pensamiento consciente, Claribel es también vocera de cierto designio rimbaudeano que nutre a su poesía de un escepticismo que parece resistirse a ponderar la autosuficiencia del arte poético respecto a la vida, y se vuelca sistemáticamente hacia la búsqueda de referentes reales, ingentes, que a veces la trascienden; hacia una especie de interactuación poético-dialéctica con la realidad o con la vida tal como es.

Claribel ha sido, además, una excelente narradora. Desde la paradigmática novela “Cenizas de Izalco” (1966), escrita en colaboración con su esposo Bud Flakoll, hasta su “Álbum familiar” (1984), “Pueblo de Dios y de Mandinga” (1985), “Despierta, mi bien, despierta” (1986), “Luisa en el país de la realidad” (1987), y los testimonios “No me agarran viva” (1983) y “Somoza: expediente cerrado” (1993), su ejercicio narrativo ha sido constante, lo mismo que la intención de denuncia y de representación ingente de la cruda realidad centroamericana que casi la totalidad de su obra manifiesta.

Probablemente sea “Cenizas de Izalco”, al menos desde mi personal perspectiva, la más importante y elaborada obra narrativa de Claribel. En ella emplea con eficacia el viejo (aunque renovado ad infinitum por la tradición narrativa moderna) recurso quijotesco del desdoblamiento de identidades narrativas a través de un manuscrito (el diario del norteamericano Frank). Pero la lectura del diario no sólo permite a la protagonista, Carmen (y al lector), reconocer plenamente las insospechadas dimensiones en la realidad personal de su madre, sino también en la realidad brutal de un país centroamericano dueño de una historia sangrienta.

No se trata simplemente de un testimonio histórico convertido en ficción literaria, sino de una nueva novela histórica muy bien elaborada, cuyo doble discurso narrativo nos permite atravesar la riqueza subjetiva de un grupo de seres humanos (sus dilemas existenciales, su búsqueda de identidades), pero al mismo tiempo nos proyecta, como en la vieja pantalla de un proyector de 16 milímetros, la historia viva de El Salvador.

Los organizadores del Festival Internacional de Poesía de Granada, en Nicaragua, anunciaron que la séptima edición del Festival, en febrero de 2011, fue dedicada a la vida y obra de Claribel, en un más que merecido homenaje a esta prolífica y valiosa escritora centroamericana.

Con sincera satisfacción y alegría, desde el suplemento cultural de EL NUEVO DIARIO nos sumamos a la celebración, publicando una selección de poemas de Claribel, tomados de la antología poética recopilada por Francisco Ruiz Udiel, “Pájaros encendidos” (ANE-CNE, 2010), cuyo prólogo (escrito por el mismo Francisco) reproducimos en ese mismo número del suplemento.

Salud, Claribel.

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