
Literalmente, subvertir significa alterar el orden o la normalidad con que funcionan o se mantienen las cosas, y la palabra subversivo, en Nicaragua y buena parte de Centroamérica, estuvo frecuentemente asociada con lo que fueron las luchas y guerras revolucionarias durante varias décadas en el siglo veinte. Me refiero a la época de guerrillas, conflictos bélicos, revoluciones y contrarrevoluciones, es decir, el periodo inmediatamente anterior a los noventas, que muchos han llamado el tiempo de nuestra posguerra.
Los movimientos guerrilleros en Centroamérica, como en todas partes, entonces pugnaban por subvertir el orden social. Y una de las formas de subversión de los centroamericanos durante esas épocas de lucha violenta, se expresó a través de la literatura, especialmente con el género, no siempre “legitimado”, del testimonio; pero también con la novela y el cuento.
En el libro de ensayos “Subversión de la memoria. Tendencias en la narrativa centroamericana de postguerra” (Managua, 2005), he tratado de hacer énfasis en lo que ya es un consenso de la crítica: en Centroamérica, la literatura, especialmente la narrativa, ha servido, entre otras cosas, para llenar los vacíos y las falsificaciones del discurso histórico oficial; o para desmentirlo, para subvertir su “normalidad”.
Y bueno, ya sabemos que la literatura, además de imaginación, intuición y belleza, es también memoria. Por tanto, una característica, yo diría que permanente, de gran parte de la narrativa centroamericana, ha sido la de ser subversiva: ha tratado de subvertir el orden del discurso histórico oficial o tradicional a través de las siempre movedizas e inexactas dinámicas de la memoria. Y eso significa, en gran medida, subvertir sus fijaciones para no olvidar lo que no debe olvidarse.
Algunos se preguntarán -como ya ciertos críticos centroamericanos lo han hecho- porqué he querido aludir a una época de conflictos que ha quedado atrás, si mi libro más bien pretende abordar las tendencias en la narrativa centroamericana después de la guerra, es decir, de una época en la que presuntamente impera la paz y funciona la democracia.
¿Qué sentido tiene entonces, en este contexto, la subversión? Antes de contestar a esa pregunta y referirme estrictamente al libro, debo decir que, en términos sociales y morales, la subversión sigue teniendo mucho sentido en nuestras sociedades actuales. Ante ese hecho me pregunto: ¿será imperativo volver a ser subversivo para obtener las reivindicaciones por las que se luchó durante tantos años?
Volviendo a mi libro a través de esta pregunta puedo atreverme a responder que sí, que en este contexto de posguerra, la narrativa centroamericana sigue teniendo como una muy importante característica la de intentar subvertir la memoria histórica, contar lo no contado y desmantelar los tabúes oficiales. Lo demuestran las revisiones críticas de los grandes conflictos que son evidentes en casi todas las novelas que son objeto de análisis en mi libro.
Por otra parte, si se pone atención al epígrafe y se le relaciona con la esencia de los textos que analizo, se podrá constatar que la frase del estadounidense Paul Auster es evidentemente cierta: “las cosas recordadas tienden a subvertir lo recordado”. Y en un sentido muy interesante, eso es lo que opera en la dinámica literaria de los escritores centroamericanos actuales cuando se proponen narrar determinados periodos y conflictos de nuestra historia, tanto la remota como la más reciente.
Ya lo dijo, o lo repitió, Jorge Luis Borges, asombrado pero también complacido por la idea que propone Cervantes en El Quijote: la verdad no es la madre de la historia, sino al contrario: la historia no es la indagación de la realidad, sino su origen.
Entonces -infiero por mi parte-, la verdad histórica no es lo que realmente sucedió, sino lo que cada cual juzga que sucedió.
El crítico nicaragüense Carlos Midence me ha preguntado acerca del papel del llamado intelectual orgánico comprometido en la Centroamérica actual, puesto que en mi libro hablo -abusando, quizás, de la jerga teórica- de un “intelectual orgánico subalterno”, y menciono, por ejemplo, que en Europa muchos intelectuales, desde una posición política presuntamente de izquierda, incluso disputan candidaturas presidenciales.
En realidad ese es un tema de vieja data. Recordemos que André Malraux fue Ministro de Educación del gobierno de Francia, y Vaclav Havel fue Presidente de la República Checa, y en Latinoamérica muchos intelectuales han sido presidentes: desde Belisario Betancourt y Rómulo Gallegos en Venezuela, hasta Julio María Sanguineti en Uruguay o Carlos Mesa en Bolivia. Sergio Ramírez fue Vicepresidente de Nicaragua... ¿Y Fidel Castro? Aunque se declare marxista y haya liderado por décadas un gobierno socialista ¿es un subalterno?
La idea de intelectual orgánico subalterno la han tratado a su manera desde críticos de cierta academia estadounidense como John Beverly y Marc Zimmerman hasta algunos escritores nicaragüenses como Franz Galich, quien, dicho sea de paso, publicó en Nicaragua un artículo en el que afirmaba que, en Centroamérica (“la periferia de la periferia”, como él mismo la llamó) la mayoría de los intelectuales no somos más que subalternos. Y me parece acertada su observacioón. Creo que ahí es donde podemos seguir la pista de dónde viene eso de “intelectual orgánico” o “intelectual comprometido” en la Centroamérica contemporánea.
Debemos partir de que subalterno es aquel sujeto que está en condiciones de subalternidad, es decir, de dominación. Y los intelectuales centroamericanos (lo podemos constatar en casi todas las novelas que analizo en el libro) han sido sujetos subalternos tanto de los poderes de izquierda como de los de derecha. Pero se debe aclarar que ser intelectual orgánico no es exactamente lo mismo que ser intelectual comprometido.
Según Antonio Gramsci, cuyas ideas acerca del tema han sido generalmente aceptadas en nuestro ámbito, intelectual orgánico es todo aquel que trabaja en el campo de la producción y distribución del conocimiento, y puede hacerlo por dinero o por fe en la utopía revolucionaria; puede estar al servicio de la izquierda o de la derecha. Y en ese sentido tiene razón Galich: el intelectual, sobre todo en nuestros países, es un subalterno más. La mayoría de las novelas que analizo en mi libro retratan a intelectuales orgánicos adquiriendo conciencia de su subalternidad o bien, de su complicidad con los poderes que mantienen a otros en la subalternidad.
Y este asunto de la subalternidad nos lleva a las intrincadas polémicas acerca del testimonio centroamericano en los últimos años, de las cuales me ocupo brevemente en el primer capítulo. Mis conclusiones respecto al testimonio centroamericano, además de coincidir con quienes afirman que ha perdido su auge debido al nuevo contexto, redundan más bien en ciertas preguntas bastante interesantes: ¿es legítima o necesaria la intervención y la manipulación de los intelectuales en la construcción de los testimonios de otros sujetos subalternos?, ¿es el grupo social de los intelectuales un “nuevo” o emergente sujeto subalterno en un contexto de restauración o afianzamiento de la democracia?, ¿son legítimos y “verdaderos” los procesos subjetivos de activación de sus propias memorias?, ¿son portadores de la verdad o de su verdad?
Tal vez John Beverley tiene razón cuando dice que el concepto de literatura como forjadora de identidades nacionales nos haya llevado, a los centroamericanos, a sobrevalorar la literatura o, peor aún --pienso yo--, la función social de los escritores mismos.
Otro de los temas abordados en el libro es el de los llamados desdibujamientos de la nación: cómo la literatura ha sido una de las primeras en percibirlos e interpretarlos, o en tratar de representarlos. Sin embargo, a estas alturas pienso que los límites de la representación artística y los límites de la representación histórica o de la representación de la realidad, pesan demasiado sobre los textos de los autores que deliberadamente han pretendido acercarse a una idea de identidad nacional en Centroamérica a través de la literatura. Pero es precisamente ese juego especular entre realidad, historia y ficción literaria, es decir, entre verdad recordada y memoria subvertida, lo que hace particularmente interesantes a muchas de sus obras.
Por otro lado, creo que esos textos, mientras más heterodoxos, imaginativos y lúdicos son, más efectivamente logran reducir el poder de influencia de los mitos identitarios impuestos por la tradición y el poder. Uno de los principales logros de algunos de esos textos es el profundo escrutinio y la desconstrucción de los símbolos esenciales que han sustentado los discursos hegemónicos acerca de nuestras identidades nacionales.
Me han preguntado también por las llamadas identidades de posguerra que menciono en uno de los capítulos del libro. Y me gustaría, a propósito, llamar la atención hacia el hecho de que la mayoría de los narradores, cuentistas y novelistas de la posguerra centroamericana construyen personajes que se enfrentan a un entorno bruscamente nuevo, es decir, el nuevo contexto de la posguerra, que como todos sabemos no se diferencia mucho del que caracterizó a la “preguerra”. Me refiero al estado de dominación que imperaba antes del aceleramiento de las luchas revolucionarias entre las décadas 70 y 80.
Son personajes que se enfrentan a un contexto de “vuelta al orden”, en el que el otrora "heroísmo revolucionario" es visto ya como algo extraño, y la corrupción y el canibalismo social vuelven a ser moneda corriente. Esa es la moral que ha de prevalecer después de la firma de los acuerdos de paz y el fracaso electoral sandinista de 1990, y eso es lo que nos hace enfrentarnos al dilema de nuestras propias identidades. A ese conflicto me refiero cuando hablo de identidades de posguerra.
Para finalizar quiero compartir con el lector ciertas ideas que sobre nuestra condición general como escritores en una región como Centroamérica, me ha motivado la lectura de un libro de la argentina Beatriz Sarlo sobre la obra de Jorge Luis Borges.
Sarlo dice que no existe un escritor más argentino que Borges, aunque su fama de escritor universal pese más ahora. Y lo demuestra analizando sus obras primerizas, en donde se interrogó constantemente sobre las formas de la literatura en Argentina. Pero concluye que el tono nacional de la obra borgesiana, generalmente considerada más bien “universalista”, no depende de la representación de las cosas, los hombres o las realidades de Argentina o de América Latina, que son orillas de Occidente, sino de la presentación de una pregunta: ¿cómo se puede escribir literatura en una nación culturalmente periférica?
Yo creo que ese dilema, que según Sarlo enfrentó Borges, es el mismo que enfrenta comúnmente el escritor centroamericano y el de Latinoamérica en general. Escribimos en una bifurcación de caminos y nuestras obras vacilan y oscilan ante una ubicación definitiva, es decir, aunque busquemos acercarnos a la identidad nacional, como escritores no somos de ninguna parte.
Escribimos perturbados por la nostalgia de un universalismo aparentemente inalcanzable. Nos tensiona la búsqueda de un cosmopolitismo que, como centroamericanos, a lo mejor no es parte de nuestra naturaleza ni de nuestra originalidad. Escribimos entre los límites de ese cosmopolitismo anhelado y nuestros arraigos profundamente nacionales. Y esa contradictoria perturbación continuará operando en la dinámica de nuestros textos durante mucho tiempo.
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