Thursday, November 11, 2010

Lienzos de la otredad, de Missael Duarte Somoza


Entendemos por alteridad la noción, que permanentemente padecemos, de la existencia de “otro” o de “otros”, y que a pesar de también proporcionarnos la noción de un “nosotros”, con demasiada frecuencia más bien tiende a reafirmar nuestra intransferible individualidad, es decir, delimita nuestra existencia y la de los otros como experiencias mutables, siempre cambiantes y en constante movimiento, pero autónomas, que arrastran consigo, cada una, sus propios tiempos, contextos y perspectivas.

Consecuentemente, todo eso nos hace parte, como individuos, de otras individualidades que nos perciben y nos contienen, y que a su vez también percibimos y contenemos, y que no podremos nunca percibir en plenitud sino sólo a través de esa fugaz epifanía lograda por medio del diálogo profundo y constante con el otro, que en el fondo representa toda obra literaria.

Críticos importantes de la literatura, como el peruano Julio Ortega, por ejemplo, insisten en proponer la percepción de la literatura como una “demorada y extremada conversación”, una conversación a su vez entendida como “la materia de la que está hecha el tiempo”.

Y creo yo entender de tal propuesta que, si consideramos a la literatura una práctica inevitablemente ambigua, su dinámica implica un activo involucramiento entre el lector y el escritor; y esta relación, aunque plural, está evidentemente limitada por las diferencias de tiempo, ámbito y perspectiva entre ambos.

No se trata, pues, sólo de interrelación o intercambio de contextos y perspectivas individuales, sino, como propone Ortega, de un permanente deambular conversando por variables e impredecibles rutas laterales en el tiempo.

En Lienzos de la otredad, el segundo poemario que publica Missael Duarte Somoza (1977), el hablante poético no sólo se concibe y enuncia desde una conciencia de alteridad que implica el diálogo consigo mismo y con el otro o con la otra, sino también desde una noción de “otredad” quizás derivada de fervientes lecturas de Xavier Villaurrutia, Octavio Paz y Ernesto Mejía Sánchez, y que parte del descubrimiento de un conflicto de relación entre la noción de individualidad y la conciencia de pluralidad.

Se trata de un conflicto que trata de ser resuelto, en la poética de este libro, no sólo a través del diálogo atemporal y ubicuo que implica la poesía misma, sino también a través de la realización plena del amor y el erotismo, que son otra forma de diálogo y de fusión plural de individualidades.

Pero en Lienzos de la otredad esa noción alterada del hablante poético trata de constituirse en epifanía no sólo a través de lo que dicen, desdicen o dejan de decir —y a veces sólo insinúan o musitan— muchos poemas de este libro, sino también a través de un intento de diálogo entre verbo e imagen, cuya plataforma de proyección parecen constituirla, a un mismo tiempo, tanto el cuerpo amado, o deseado, como la extendida y abierta virginidad de la página en blanco.

La obscenidad íntima
de tus palabras
Con la humedad de tu lengua
En mi oído
Incendian la sangre de mis venas

Tu cuerpo tiembla
Con la llama de una vela
—Invoca a la eucaristía—
Y de tus muslos libres
La hostia de vida aparece:
Epifanía de la carne
Que arde sin fuego


(Epifanía)

Amor y erotismo como expresiones “otras” de un mismo hecho, o como una forma de fusión del Eros y la Psiquis, por medio de “trazos poéticos” o “trazos de lenguaje” que el hablante de Missael (especie de ciego pintor de palabras) pergeña en un lienzo permanentemente nocturno, como pinturas hablantes que a veces se pierden o se vislumbran lejanas en los “oscuros bares de su memoria”, pero que al final, como los dos cuerpos constantemente evocados, se ofrecen, se postran y consagran en el ritual de una exaltada y ardiente “misa negra”: el lugar sin límites donde absolutamente todo (individualidades y contextos, “yoes” y “nosotros”) se sacrifica en desafuero ante la deidad suprema del Amor.

Brevísima versión contemporánea del Cantar de cantares, Lienzos de la otredad es también búsqueda del otro, o de la otra, como deseo de encontrar lo perdido, pero que siempre se ha poseído, o como frustrado intento del Ser de abrazar la otra mitad que le ha sido arrancada. Es también teología de fuego, lógica y pasión universales, llamas dobles que nunca dejarán cenizas.

Managua, agosto de 2010.

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